El Sueño del Poeta: Relatos
Mis versos se van, siguiendo cierto aire de amapola, pero seguirán vivos en: http://airedeamapola.blogspot.com/
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lunes, 14 de junio de 2010

El Soñador II - Lunes


Llegué por fin. Un campo verde lleno de flores de todos los colores imaginables e inimaginables me rodeaba. Me dejé llevar por la ausencia del viento, me dejé caer… Pi-pi-pi-pi, pi-pi-pi-pi. El pitido de la alarma del móvil me desenterró de mis sueños. Era lunes. De nuevo. Alguna vez había pensado en cambiar ese irritante pitido por una canción, pero acabaría odiando la canción, así que no era buena idea. Me incorporé aún adormilado, rozando una última vez la almohada que tan dulcemente había sostenido mi cabeza soñadora. Me dirigí al armario. Pensé lo justo en qué ropa ponerme hoy. Lo justo para estar a gusto conmigo mismo. Me quité despacio el pijama, como si cada movimiento que ayudara a dejar atrás la noche me costara. Me vestí sin demasiadas ganas y fui a desayunar.

Salí de casa casi corriendo. Llegaba (como siempre) demasiado justo al instituto. Menos mal que estaba cerca de casa. O quizá debiera quejarme. Siempre que tenemos algo importante tan cerca de nuestras manos, no nos cabe en la cabeza que, de repente, pueda expirar. Y es que estaba tan próximo…

Llegué a clase justo cuando tocaba el timbre. La mayoría de mis compañeros estaban ya sentados en sus respectivos pupitres y la profesora por poco me cierra la puerta en las narices. Me apresuré a sentarme en mi sitio, mascullando un “hola” a mis cuatro amigos de siempre, siempre cerca de mí, mientras les dirigía aquella sonrisa (la misma que dirigía a los muñecos de nieve con botones de luces roja, ámbar y verde). La profesora ya había comenzado a hablar, pero yo pronto dejé de escuchar. No cerré los ojos (estaba en segunda fila justo en frente de la mesa de la profesora y hubiera sido demasiado descarado), pero volví a sumergirme en mi mundo. Me dejé llevar por la ausencia del viento, me dejé caer y arrastrar entre aquel campo esplendoroso. Olí las flores. ¡Qué alegre perfume guardaban todas entre sus pétalos (de mil y un colores imaginables y por imaginar)! Algunas sabían a fresa, otras a cielo abierto, despejado y azul, otras a la dulzura de la amistad, la pasión del amor e incluso alguna se atrevía con la nieve pura y blanca de la copa de una montaña.

-Señor Vallino, ¿está usted en clase? –preguntó la profesora con su característico acento catalán.

-Por supuesto –respondí con una sonrisa, interiormente irritado por el pitido de la alarma de esa voz que me había desenterrado de mis sueños.

-Entonces… ¿sería tan amable de contarnos algo sobre el teatro del siglo XVII?

-¿Siglo XVII? –pregunté, sin esperar respuesta, tan sólo se trataba de una cuestión que decía inconscientemente para tratar de ganar tiempo.- Eh… sí. El principal representante del teatro en el siglo XVII es Lope de Vega. Lo más característico de él es que rompe con toda la tradición dramática anterior, es decir, con las reglas impuestas por Aristóteles allá en tiempos de los antiguos griegos en su “Poética”. Lope de Vega crea lo que se conocerá como la “comedia nueva”, para la cual establece pautas en su libro “Arte nuevo”.

Toda la clase me miró, no sabiendo sin debían parecer asombrados aunque ya supieran anteriormente mis buenos conocimientos de la literatura. Alguno dijo algo así como: “¿Y tú cómo sabes todo eso?”, pues sabía que no había estado atendiendo. Yo respondí con una sonrisa. No una sonrisa de suficiencia o de arrogancia. Una sonrisa como la que le dedicaba a los semáforos, una sonrisa como aquella misma que pueda esbozar cualquier niño.

-Muy bien –dijo la profesora, intentando parecer indiferente a mi éxito, aunque en realidad le frustrara. Y continuó con su extensa charla sobre los recursos que utilizaba Lope.

De repente, estaba flotando en medio del Universo, en medio de una nada y rodeado de pequeños planetas y estrellas. Fui de uno a otro, admirando la belleza y simplicidad de unos y el calor y el radiante resplandor que dejaban expirar otras en su halo amarillento. Los acaricié todos con mis manos de cristal forjado en agua, con mis manos infinitas, de ternura y tacto infinito, que notaban como estos pequeños cuerpos se movían, se ondulaban, pasaban a ser lisos y suaves. Concretamente, en uno encontré a un misterioso hombrecillo.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. La alarma del timbre que señalaba el final de la última clase del día me desenterró una vez más de mis sueños. Todos los alumnos al unísono (como si fueran marionetas dirigidas por hilillos invisibles) recogieron sus cosas, amontonándolas descuidadamente en el interior de la mochila y salieron rápidamente de la clase, como si quisieran perderla de vista rápidamente, mostrando en su rostro una sonrisa que significaba el éxito que sentía por haber terminado la jornada de clases. Yo me entretuve algo más guardando los libros con cuidado y ordenados. “Siempre el último” comentó uno de mis cuatros amigos (los de siempre) que se habían quedado a esperarme. Bajamos las escaleras, ya ausentes de veloces alumnos que emprendían la huida. Salimos fuera del instituto y, tras despedirme, comencé a caminar en dirección a mi casa.

Concretamente, en un pequeño planeta encontré a un curioso y magnífico hombrecillo. Acababa de salir el sol en el asteroide B-612 y Él se había levantado, se había acercado a depositar un beso entre los pétalos de su rosa, había arrancado los brotes de baobabs y había comenzado a deshollinar sus volcanes (incluso el que estaba apagado, pues nunca se sabía). Me quedé observándolo. Era maravilloso. Sus cabellos rubios se mecían como si danzaran armoniosamente en perfecta sincronía con la brisa que los recorría. Sus movimientos eran dulces, alegres, cálidos como juguetes de niños pequeños, y siempre llevaba en sus labios puesta una sonrisa (tan parecida a aquella que yo dedicaba a los semáforos… qué digo, ¡mucho más hermosa!). Desde luego, tenía la grandeza propia de un Principito. Me dispuse a acercarme a él…

¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!

domingo, 18 de abril de 2010

El Soñador I - Sábado


Salgo a la calle. No importa que esté nevando, así todo es más bonito. Los peatones (incluso yo) son pequeños esquiadores perdidos que vagan por las pistas intentando esquivar las bolas de nieve que se cruzan por su camino ocasionalmente. Los semáforos son gigantescos muñecos de nieve cuyos botoncitos emiten luces verde, ámbar y roja. ¡Hasta saben hacer parar a las presurosas bolas de nieve! Y todo está cubierto por ese manto blanco, blanco a la noche y el día e incluso al atardecer, blanco. Ese manto blando y silencioso donde se graban nuestras huellas al pasar hasta que otro caminante (o la propia nieve) las hace desaparecer.

Así pues, salgo a la calle y empiezo a caminar. La nieve cruje bajo mis pies, bajo las suelas de caucho de mis mejores zapatos. No tardan en quedar empapados. Pero a mí no me importa. ¿Acaso puede ser mala alguna consecuencia de algo tan bello? Hasta una muerte sería hermosa…

Sigo caminando. Camino demasiado lento (no preguntéis por qué, la respuesta sería demasiado complicada), pero demasiado deprisa para las personas que se apartan a mi paso y me dirigen una mirada donde se funden estrés, cansancio, irritación y alguna palabra malsonante no llegada a pronunciar. Pero camino demasiado lento. Ellos no lo comprenden. Cualquier camino que no permita hacerlo todo, no es suficientemente rápido. ¿O es que podría cruzar el Universo siguiendo mis propios pasos?

No. Pero ellos no comprenden. Nunca aspiraron a poseerlo todo. O, según lo mires, a no tener nada. Nunca aspiraron a poder hacer cualquier cosa. A poder imaginar cualquier cosa. A soñar. A conseguir llamar a los sueños realidad y a la realidad, sueños. Con tan sólo imaginación, podría cruzar el Universo. ¿Se puede conseguir eso andando? ¿O quizá volando? ¿Acaso simplemente viviendo? No, posiblemente no me comprendáis.

Llego a una parada de autobús y me detengo. Cruzo los brazos. Odio tanto esperar… Al fin llega. Subo, pago el viaje y me dirijo hacia el final del vehículo. Allí están mis amigos, charlando alegremente sobre tonterías, cotilleos o anécdotas graciosas, en asientos azules no demasiado cómodos. Me ven y sonríen. Yo devuelvo la sonrisa, como siempre. Y me enfrasco en su conversación, abandono mi alma soñadora en un rincón de mi mente y me dispongo a ser el amigo bueno, amable y gracioso que a todos les gusta que sea. Me vuelvo uno más de ellos, aunque sea por un intervalo de tiempo y tan sólo aparentemente.

Llegamos a nuestro destino. Poco antes, habíamos pulsado el botoncito rojo de “STOP”, situado en la parte frontal de una barra amarilla que se encuentra a nuestro lado, sirviendo de apoyo a los pasajeros que no están sentados. El autobús se detiene, abre las puertas y nosotros bajamos, como si obedeciésemos a sus silenciosas órdenes secretas. Allí nos aguardan más amigos sonrientes que también esperan que les devolvamos la sonrisa. Más cotilleos, anécdotas, risas y, sobre todo, ningún sueño. Tan sólo pura y asquerosa realidad barata, de esa que tienen todos. Mientras tanto, sigue nevando y nosotros sólo podemos protegernos con nuestros abrigos, nuestros guantes y nuestros gorritos de lana. Estamos empapados. Pero tan dulcemente empapados que aún guardo las cenizas de aquel sabor en mi boca.

Os preguntaréis, si tanto me quejo, porque los acompaño. Yo también me lo he planteado. Al final, llegué a la conclusión de que me importan. Aunque sólo sea por contentarlos, vengo con ellos. Ya tendré mi tiempo para soñar en otros momentos. Quizá, tan sólo quizá, se esconda también algún motivo oculto. Algo así como que aún tengo esperanzas de que algún día me comprendan y aprendan ellos a imaginar también (aunque no creo que ocurra). ¿Acaso no soy yo el Soñador?

Después de tomar algún aperitivo en una cafetería para llenar el estómago, nos dirigimos a un bar (siempre es el mismo y siempre hay más o menos las mismas personas, pero yo no me quejo, a mí no me importa). Cruzamos la puerta y vamos a nuestro sitio de siempre, apoyados en la barra, mientras alguno mueve su cuerpo al son de la horrible música que suena demasiado alto. Entre copa y copa, van adquiriendo esa alegría primaria que da el alcohol y sus cuerpos cada vez se mueven con menos barreras siguiendo la música. Digo “ellos” porque yo no bebo. Aunque me insistan, sábado tras sábado. No me gusta. Modifica tu forma de ser, va anulando tu voluntad y, estoy seguro, tampoco te permite soñar. Los reduce a simples animales de la diversión. ¿No es algo espantoso? Yo estoy por encima de todo eso.

Van pasando las horas, conocemos a más gente y nos encontramos con otra que nos conoce o, en algunos casos, eso dice, pues ninguno de nosotros lo recuerda. Pero seguimos riendo sus estúpidas gracias alcohólicas. Ellos, porque también están “contentos”. Yo, porque voy con ellos y sé que eso les gusta.

Las horas van pasando, se va haciendo tarde y debemos marcharnos a nuestras respectivas casas. Salimos, con los oídos dolidos y la ropa apestando asquerosamente a tabaco por la vasta concentración de humo que había dentro. Nos despedimos y cada uno toma su camino, volviendo a coger el autobús que lo lleva a su casa. Yo monto con los dos mismos amigos que antes. Se bajan un par de paradas más allá de la mía. El bus se detiene de nuevo, sólo que esta vez donde hace unas 5 horas que subí a él (concretamente, en la acera contraria). Tras pulsar el botoncito rojo de “STOP” en la barra amarillenta, me bajo de él, despidiéndome de mis amigos, a los cuales dedico una última sonrisa antes de que el autobús vuelva a arrancar. Me encamino a cruzar un paso de peatones. No se distinguen las rayas blancas dibujadas en el asfalto gris pues todo continúa cubierto por el leve manto blanco. Sin embargo, lo distingo por el gigantesco muñeco de nieve con sus luces roja, ámbar y verde. Me da paso, parando a las intrépidas bolas de nieve, en un gesto de amabilidad. Se lo agradezco con una sonrisa (la misma que les dedico a mis amigos) y cruzo.

Continúo caminando hasta que llego a mi casa. Pulso el botón plateado del portero automático a cuya izquierda pone el piso y la puerta en la que vivo. Contestan. Apenas presto atención, sumergido de nuevo en mi propio mundo, y respondo con la misma fórmula de siempre: “Soy yo”. Suena un ruido metálico que me indica que ya puedo empujar la puerta y entrar. Avanzo hacia las escaleras y comienzo a ascender por ellas (nunca me gustó el ascensor), hasta que llego a mi piso. Llamo, me abren y entro. Me hacen las mismas preguntas que siempre, medio en broma, medio en serio: “¿Has fumado? Porque hueles mucho a tabaco.”, “¿Y has bebido?” Respuesta negativa a ambas (como siempre).

Cansado, me dirijo a mi cuarto y, una vez dentro, me pongo el pijama, amontonando la ropa usada y pestilente en la silla de mi escritorio. Me acuesto. Por fin llega el momento más mágico del día: la noche. Pero no la noche de alcohol y música. La noche de los sueños.

Bien, aquí termina mi historia. Sé que no os he convencido. Sé que no me comprendéis. Aún así, aspiro a que algún día alguien entienda la diferencia entre la sosa y triste realidad y los sueños felices y mágicos. Siempre puedo imaginarlo.

Y ahora que ya conocéis mi itinerario de todos los sábados, quizá recordéis que alguna vez me visteis (me distinguiríais tal vez por la estúpida sonrisa a los semáforos). Igualmente, por si a partir de ahora me identificáis en la calle, queréis llamarme y no acude a vuestra mente ningún nombre (pues no lo he dicho), sabed que yo puedo ser Tristane Mycek, Tristane o, incluso, Tris. También, el Soñador o el Ensoñado. Pues eso es lo que soy. Aunque intente cambiarlo esta cruel sociedad realista que se contenta con escuchar el murmullo del llanto de una pobre niña agazapada en una esquina. Aunque nadie me comprenda. Al fin y al cabo, ¿no podríamos ser todos consecuencias de alguien que imaginó demasiado?

lunes, 28 de septiembre de 2009

La mancha de café


Román Benniotti se levantó con prisas, como todos los días, a las 7:30 de la mañana (ni un minuto más ni uno menos, era importante que llegara puntualmente a las 8:00 a su trabajo, una empresa financiera), y bajó a desayunar. Desayunó… lo de todos los días: alguna tostada y una taza de café con leche. Se duchó y vistió rápidamente y salió sin que siquiera le diera tiempo a comprobar lo bien que le quedaba el flamante nuevo traje que se había comprado. Todos sus compañeros se asombrarían.

Llegó al trabajo corriendo (como siempre) pero puntual, a las 8:00 clavadas. Entró con pasos majestuosos, esperando a que todos sus compañeros alabaran a su traje. Sin embargo, se llevó una gran decepción al comprobar que, aunque le saludaban más distraídos de lo normal mirándole, esta mirada era más bien de extrañeza que de asombro, y, desde luego, nadie comentó nada. Román se dirigió a su puesto cabizbajo, pensando en qué narices pasaba para que nadie le hubiera hecho ningún comentario. Fue pasando la mañana atendiendo a los clientes, los cuales también se quedaban mirando su traje nuevo de forma rara, pero tampoco decían nada. Román cada vez estaba más extrañado.

Casi al final de la mañana, poco antes de que acabara su horario de trabajo, se le acercó el jefe con cara de no muchos amigos:

-Señor Benniotti, ¿cree usted que estás son formas de estar presentable para trabajar? –le preguntó con voz seria.

Román, con la rabia que había ido acumulando durante toda su decepcionante mañana, contestó furioso:

-¿Presentable? –casi gritó- ¡¿Presentable?! ¿Acaso mi carísimo traje nuevo no es forma de estar PRESENTABLE para trabajar?

El jefe endureció el gesto.

-Mire, le voy a decir un par de cosas –dijo con voz tranquila pero a la vez tremendamente seria-: Primera, su “carísimo nuevo traje” tiene una mancha de café cruzándolo de arriba abajo. Segunda: usted esta despedido, no me puede hablar de la forma que lo ha hecho, ya sabía usted que en esta empresa no se permite la indisciplina. No se moleste en suplicar ni en volver a pasar por aquí –terminó con la misma voz tranquila con la que había empezado, dándose la vuelta y desapareciendo tras un enjambre de mesas y ordenadores.

Román se levantó abriendo mucho los ojos, asustado, mientras clavaba la mirada en la marcha de su jefe. Pero este había sido claro: nada de súplicas. Así que recogió todas sus cosas y se fue de allí, no sin dedicar una última mirada asesina a aquel inmundo ser que lo había despedido.

Recorrió las calles al borde del llanto, haciéndose un millón de preguntas sin respuesta: ¿Cómo se lo explicaría a su esposa? ¿Qué diría? ¿Lo aceptaría? ¿Volvería él a encontrar un buen trabajo? ¿Y si no lo hacía que pasaría?... Cada pregunta era más deprimente que la anterior.

Llegó a casa media hora antes de lo normal y se la encontró vacía. Todos los días llegaba más o menos a la vez que Estela (su esposa), pero hoy, obviamente, no era un día cualquiera de “todos los días”. Dejó el maletín en la mesita de su cuarto y se tumbó en la cama, sin ganas de hacer nada, sólo mirando al techo. Estela llegó a las 2:00, tan puntual como siempre. Saludó con un alegre “¡Hola!” que se oyó por toda la casa. Seguro que a ella sí que le había ido bien en el trabajo. “Román, ¿dónde estás?” oyó él desde la cama, con la mirada aún fija en el techo. Poco después, Estela abrió la puerta.

-Cariño, ¿qué te pasa? –preguntó preocupada sentándose a su lado después de dejar su propio maletín también en la mesita.

-Me han despedido del trabajo –contestó fríamente Román, sintiendo por otra parte que las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas.

-¡¿Que te han despedido?! –respondió ella gritando- ¡¡¿¿Que te han despedido??!! ¡¡¿¿Y ahora cómo pretendes que cuidemos a nuestro hijo, que viene ya en camino??!! –cada vez elevaba más la voz-. ¡Por mí, te puedes marchar de esta casa ahora mismo! ¡Es más, te ordeno que lo hagas, ya no tienes con qué pagarla!

-Vale –respondió Román, mirándola ausente, perdido.

Después de unos instantes de ensimismamiento, se levantó y, recogiendo por segunda vez en este desastroso día todas sus cosas, salió por la puerta. Bajó casi tropezando por las escaleras hasta la calle y deambuló como un fantasma (incluso la piel se le había vuelto traslúcida) hasta que llegó a un estrecho callejón oscuro sin salida. Se adentró por él y, en una esquina al final de éste, se sentó enterrando la cabeza entre las rodillas. Comenzó a sollozar.

De repente, oyó pasos, pero no levantó la mirada. Alguien se acercaba a él, misteriosamente intentando no hacer ruido y sin decir palabra. Es más, no era alguien, eran varios, 4, 5 o quizá alguno más. Pero Román no levantó la cabeza, le daba igual quiénes fueran, si le robaban o qué le iban a hacer. Su vida estaba ya hecha una mierda. ¿Qué más daba un poquito más?

Dejó de oír pasos pero sentía la respiración de aquellos hombres (o jóvenes) muy próxima a donde estaba él. Levantó la cabeza levemente, lo justo para vislumbrar una camisa con un estampado donde se veía “666” (logo que reconoció como el de una banda llamada “Siervos del Diablo” o “666” y que se dedicaba a asesinar al transeúnte número 666 que pasara por aquella calle). Después, dejó de ver nada, ya que sólo sintió la multitud de puñaladas con las que torturaron su cuerpo de mente ausente hasta que acabó muerto en su propio charco de sangre. Esta vez no le hizo falta recoger todas sus cosas.

Y todo por una mancha de café.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Jack Sparrow (Presentación de un FanFic)


Jack apenas escuchaba los gritos de su tripulación, que reverberaban sobre el casco negro de la nave. Algunos se daban instrucciones entre ellos; otros, sin nada que hacer por el momento o tomándose un descanso clandestino, reían sonoramente compartiendo alguna grosera broma mientras bebían ron; algún que otro osado llamaba a gritos a Jack “¡Capitán! ¡Capitán!”, pero pronto cejaba en su empeño, el Capitán no le escuchaba y sabía que cuando se quedaba en esos estados de ensimismamiento era mejor no molestarle a no ser que fuera algo muy urgente.

El Capitán estaba quieto, meditabundo, en la proa de la Perla Negra. Sus extravagantes ropajes negos y blancos se agitaban con el viento que pasaba veloz y fugaz rozándole, así como las densas rastas que surgían de su cabeza, de tal forma que parecían querer escaparse del yugo de la cinta roja que las atrapaba. Miraba el mar tranquilo que se extendía delante de él, reflejando los brillantes rayos de sol sobre su superficie casi plateada.

Estos momentos eran los mejores de todos. Se abstraía del mundo y ya nada importaba. No había preocupaciones: el agua, el ron, las mujeres, la nave enemiga que les perseguía o a la que perseguían. No, no había preocupaciones, no. Ni temores, ni dudas, ni nada. Tan solo pensamientos, dulces pensamientos que desde su cabeza se deslizaban hacia el mar para caer suavemente sobre su lisa superficie (interrumpida tan sólo por el cortante avance del barco) y perderse allá en el horizonte.

Allá en el horizonte, allá donde los sueños imposibles se trasforman en realidad. Allá donde las penas escapan a guardarse en pequeños tarros de cristal que quedarán olvidados para siempre. Allá donde la mínima alegría se convierte en una razón para estar feliz, y el simple optimismo de saber que se es feliz se vuelve un motivo para estarlo más aún.

Allá observaba Jack Sparrow, meditabundo, en la proa de su querida Perla Negra. Observaba con los ojos ansiosos de un niño que mira su deliciosa piruleta, con los ojos brillantes de un polluelo que desde su nido sueña con poder volar por fin y perderse en aquel lejano horizonte purpúreo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Altillo abandonado

Es tan sólo un altillo vacío. Muebles rotos se apilan sin orden alguno. Por una ventana situada en algún rincón inportuno entra una luz amarillenta que parece ensuciar aún más la estancia, ya de por sí sola repleta de polvo. Sólo hay movimiento en un rincón oscuro donde un antiguo tocadiscos estropeado gira emitiendo siempre la misma nota. Como si esta le fuera a liberar del polvo que lo recubre a él y a todo el altillo. Como si así pudiese revivir y dotar de la anhelada vida que algún día poseyó al cuarto donde su penosa nota repetida apenas se oye entre las paredes, apenas se eleva hacia el techo y se aleja entre las rendijas para perderse y no volver jamás.

Oh, el altillo. El misterioso altillo de cuya vida no sabemos nada (ni sabremos nunca) salvo la soledad del momento, la angustia del silencio frío que lo envuelve con un manto del que nunca volverá a resurgir. ¡Qué importa el pasado, el futuro o el presente!. No hay esperanza para el olvido.

miércoles, 24 de junio de 2009

El bar

No recuerdo nada más allá de la llegada a aquel bar (“La vida”, se llamaba). Fumaba algo extraño (no sé qué era ni por qué lo fumaba, nunca lo había hecho). Había más gente (de eso estoy seguro) pero, sin embargo, tampoco me queda recuerdo alguno de ellos. No debí fijarme. Busqué una mesa vacía y me senté en la carcomida silla.

-Camarero, una cerveza, por favor –pedí en voz alta.

Recuerdo que fue la primera. La primera cerveza de aquella noche y la primera de mi vida. Siempre había rechazado el alcohol. No recuerdo qué había cambiado aquel día, ayer, esa noche. Fue la primera, la primera de muchas más.

De repente, algo cambió en el ambiente. Se tensó, adquirió un espesor aún más abundante del que ya rebosaba. Nadie se dio cuenta, sólo yo (qué digo, si no había nadie más… ¿o no era así?). La pared a mis espaldas se derrumbó sin apenas hacer ruido. Solté la cerveza que llevaba entre las manos (o quizá ya había desaparecido antes) y me giré. Había un gran hueco por el que se podía ver una calle oscura, un cielo oscuro y, quizá, más lejos, alguna resplandeciente estrella. Entró al bar por el hueco un hombre (mujer o lo que fuera) envuelto en una larga túnica negra con una gran capucha sobre la cabeza cuya sombra ocultaba toda su cara. Caminaba lento, como si no hubiera prisa, como si pudiera estarle esperando por toda la eternidad (sí, lo esperaba; o, mejor dicho, no me podía escapar, estaba inmovilizado), y solemne, inmensamente solemne. Un escalofrío recorrió mi espalda ¿Sería el alcohol? Siempre había oído que hacía delirar.

Intenté hablar, pero también tenía paralizada la boca. Después de algunos instantes (siglos) de pasos lentos, llegó a mi lado por fin (¿por qué digo “por fin”? ¿Acaso lo esperaba?). Se quedó quieto delante de mí, cara con cara (misteriosamente yo había acabado de pie). Se descorrió la capucha con parsimonia (como si pudiera esperarlo eternamente). Entonces pude ver su rostro. O mejor dicho, sus ojos, ya que no pude apartar la mirada de ellos. Eran grandes, qué digo, pequeños, inmensamente grandes, inmensamente negros y eternamente profundos. Apenas los miré y supe que en ellos me esperaba una caída sin fondo. Extendió el brazo y posó su esquelética mano sobre mi cabeza. Era fría, muy fría, mucho más de lo que nunca había sentido y de lo que pudiera haber imaginado. Me tocó y todo se volvió negro (¿o fui sólo yo quien se volvía negro?). Y caí, caí, caí. Más allá de sus ojos.

Desperté a la mañana siguiente (ya hoy) con las primeras luces del alba, abandonado en un extraño callejón. Lejos, se podía oír el sordo murmullo de olas del mar aleteando contra el paseo de piedra. Me levanté de un brinco, no sé si sorprendido, traumado o alucinado aún, pero me mareé y volví a caer. Decidí esperar y simplemente me quedé sentado. Después de un rato (siglos), me levanté. Empecé a caminar, reflexionando. Acabé aún más perdido y desconcertado que antes (aunque… ¿estar perdido no es acaso una forma de encontrarse?). Tuve una idea. Volvería al bar de ayer. Volvería, pero esta vez no bebería. Quizá entonces comprendiera.

Empecé a buscar, esta calle, otra, aquella en la punta más distante de la ciudad… Me pasé todo el día buscando en cada calle y cada rincón mínimo. Anocheció de nuevo y no había encontrado el bar. Mis pies habían acabado llevándome al mar. Habían seguido el deseo no expresado de mi mente de oír de nuevo su aleteo. Me apoyé en la frágil barandilla de hierro azul del paseo, de cara al mar. Lo contemplé, hundí mi mirada en la suya. Caí, caí, caí. Por fin (¿qué digo por fin? ¿Acaso lo había estado esperando?) comprendí. Ya no existía aquel bar de anoche. Había caído conmigo en la profundidad de esos ojos negros, los del mar.

martes, 16 de junio de 2009

¿Realidad o sueño?


I

Las mismas finas y rígidas láminas de múltiples colores se extendían hasta donde alcanzaba mi vista y crujían bajo mis pisadas. Varias esferas luminosas brillaban en el cielo y emitían bellos rayos de luz rojos, naranjas, amarillos, verdes, azules, añiles y violetas, que se reflejaban sobre las brillantes gotas húmedas que descansaban sobre las láminas. Las esferas siempre estaban allí, por lo que hablar de días era totalmente falso (la procedencia de dicha forma de expresar el paso del tiempo me es desconocida), por lo que lo más correcto era decir que, simplemente, pasaba el tiempo.

Yo llevaba mucho caminando. Sí, caminando, sin más, no había camino, ni zonas oscuras ni claras, solo había finas y rígidas láminas abajo que crujían bajo las pisadas y las perpetuas esferas en lo alto. Sí, supongo que os lo imaginaréis, pero lo corroboro: era muy, muy aburrido. Caminaba monótona y automáticamente, como un animal irracional, con la cabeza baja y la mirada perdida. Mis pensamientos… creo que es arriesgado decir que los tenía. Lo mismo que mis sentimientos.

Un día (o, mejor dicho, una vez), cuando ya había perdido toda esperanza de encontrar algo que no fuesen las láminas abajo y las esferas en lo alto, caminaba monótonamente cuando, de repente, choqué contra algo. Del susto caí hacia atrás. Me levanté alertado y desconcertado. Nunca había encontrado nada, ¿qué hacer ahora que lo había hecho? Me dije que primero lo mejor era observar, así que levanté la mirada.

Tal era el grado de mi ensimismamiento que ni siquiera me había dado cuenta de que hacía rato había sido cubierto por la sombras (aquí, donde siempre todo estaba iluminado), pues sobre mí se elevaban dos inmensas moles. Tardé un momento en darme cuenta de que eran seres, seres vivos, pues se movían. Este movimiento fue lo segundo que me llamó la atención en ellos (después de la altura): caminaban al mismo tiempo, siendo la pisada de uno una réplica de la del otro, solo que con pies contrarios (izquierdo o derecho). Me quedé mirando fijamente su andar durantes unos instantes, absorto ante su perfección. Lo siguiente que me llamó la atención fueron sus colores, totalmente opuestos: uno era blanco, el otro negro.

Continué andando para no perderles e intenté llamar su atención de todos los modos posibles. Sin embargo, no contestaban, parecía que no notaban que estaba allí. “Después de todo, soy minúsculo en comparación con ellos”, pensé, algo entristecido, pues parecía que iba a seguir sin encontrar compañía, compañía de verdad.

Me quedé parado, contemplando cómo se alejaban. Izquierda, derecha. Derecha, izquierda. Tan perfectos. Tan solemnes. Tan opuestamente iguales.

Los perdí en el horizonte y seguí caminando, ahora en otra dirección. Esperanzado, pues ahora sabía que no estaba solo en “esto”, avanzaba con la mirada alta y viva buscando algún otro ser. Seguí así mucho tiempo hasta que volví a caer en la monotonía y el aburrimiento, en la mirada baja y el ensimismamiento, sin encontrar a nada ni a nadie, mientras las finas y rígidas láminas de múltiples colores continuaban con su eterno crujido continuo bajo mis pies y las esferas seguían iluminándolo todo. Casi hasta echaba de menos la compañía de aquellos dos magníficos seres.

Llegó una vez (no un día), quién sabe después de tanto tiempo en este profundo estado de insensibilización, que me detuve extrañado. Cada vez lo notaba más fuerte. Aquí, allá, izquierda, derecha, arriba, debajo, delante… Ese tintineo en el silencio, esa suave magia poderosa que desde hacia mucho, sin yo saberlo, me había estado atrayendo hacia un punto fijo. Parecía que llegaba. “Por fin”, me dije, aunque tampoco sabía que esperaba encontrar como para decir eso. Desde luego, nunca podía haber imaginado lo que encontré.

Iba a dar un paso aparentemente como cualquier otro (mientras sentía la fuerza cada vez más cercana) en la eterna estepa laminada, pero mi pie no llegó a posarse. De repente, desapareció todo. Las esferas, las láminas, todo. Me encontré flotando en un vacío negro infinito. Pero me movía. Me fijé y me di cuenta de que un punto luminoso a lo lejos cada vez se hacia más grande. Me acercaba a él, o él se acercaba a mí (aunque prefiero pensar lo primero por ser lo menos irracional). Por fin llegué a su lado (o él llegó al mío). Era lo más bello que jamás haya podido ver y aunque viviera por siempre seguiría teniendo que decir lo mismo, estoy seguro. No podéis imaginarlo, pero aún así me molestaré en describirlo (inútilmente). ¿Cómo no hacerlo?

Eran grandes haces de luz, destellos de todos los colores imaginados y por imaginar, se movía como arrastrados por una leve corriente invisible que los hacía girar (aunque con órbitas totalmente imposibles de reproducir en palabras) entorno a un “algo” interno, un núcleo, un simple punto brillante en el centro. Lo más bello y aún más imposible de describir. Pensad en lo más bonito que hayáis visto en vuestra vida. Multiplicad su belleza (si es que se puede hacer tal operación) por infinito. Entonces comprenderéis a lo que me refiero.

Apenas duró este momento (que tanto me demoro en describir) un ínfimo instante. Sin embargo, siempre lo recordaré. Y, justo al final, cuando se me acercó el pequeño punto brillante. Se acercó a mi oído y susurró algo. Yo no lo entendí.



II

Vivo en un pequeño piso a las afueras de una ciudad pequeña. ¿Su nombre? Nunca me ha interesado, así que no puedo decirlo. Una ciudad cuyos edificios, al menos en la zona centro, son bastante feos (por qué negarlo), de colores grises y marrones. Quizá lo único que se salva es la bahía, donde se esmeraron algo más, aparte de estar también embellecida por el siempre brillante y oscuro mar. El clima es bastante bueno, nunca hace demasiado calor ni demasiado frío. También es bastante común estar cubierto por un triste manto gris con clara tendencia a llorar.

Ya ha pasado mucho tiempo, mucho. No, no soy tan mayor como podréis pensar por el comentario anterior, aunque, la verdad, nunca me he preocupado por mi edad, por lo que no la sé (tampoco me preguntéis por mi nombre, el caso es el mismo). Esa despreocupación por estos temas me hace volver a lo que decía antes de empezar a enrollarme, tiene su origen entonces, hace mucho tiempo, antes de que naciera. Recuerdo todos y cada uno de aquellos momentos (se podría decir que tengo una memoria prodigiosa), pero no como solemos recordar aquí. Pues “allí” (el lugar del que hablo) no había nombres, ni propios ni comunes (excepto los más simples), todo se definía por formas, texturas, olores, ruidos, colores... se dejaba a un lado todo el incómodo “mundo de los nombres”. Tampoco existían los días (aún no me he acostumbrado a ellos del todo), solo el tiempo. Por eso estas peculiares “manías” mías.

He preguntado a mucha gente si también recordaba todo lo que había sentido y “vivido” antes de nacer. Algunos me tomaban por un bromista y, o bien se reían, o bien seguían “la gracia”. Otros se limitaban a mirarme raro. Así, he decidido llamar a todo eso que recuerdo “sueños” (es tan incómodo dar nombres… solo lo hago para que me entendáis). Así se suelen llamar a las vivencias imaginarias, y he llegado a pensar que quizá lo sean, ya que nadie más las recuerda; y además nunca “en vida” he tenido lo que los demás llaman sueños, así que me parece un término adecuado. Ahora ya, después de toda esta aburrida explicación, podréis (lo que era mi objetivo desde el principio), ayudarme a responder a la pregunta:

“¿Qué es verdad, la “realidad” (después de nacer) o los “sueños”?


III

Es una sala blanca y fría que, unido al aparatoso pitido de alguna máquina cuya función desconozco, se podría calificar sin duda como incómoda. Hay demasiada luz y es un espacio muy pequeño en comparación con las grandes extensiones que a mí me gustan. Entre sábanas blancas, estirado y sin apenas moverse, en una camilla con estructura de hierro, yace un cuerpo. Bueno, no uno cualquiera, es el mío. Aunque tampoco sé que tengo de especial como para arriesgarme a decir que no soy uno cualquiera. ¿Mis “sueños”? Quizá…

De repente, algo cambia. El pitido empieza a ser cada vez más débil. “Se estarán acabando las pilas de la máquina.”, pienso sin llegar a entender mucho, “Aunque bueno, así al menos dejaré de oír el impertinente pitido”. Como si estuviera debajo del mar, me llega el amortiguado susurro de las cortinas que tapaban mi pequeño espacio (unas cortinas de un verde pálido, muy feo, la verdad). Pienso que será alguno de los niños grandes con bata blanca, guantes y mascarilla que suelen venir a visitarme (yo se lo agradezco mucho) y a contarme cosas que no entiendo. Yo sólo entiendo mis “sueños”, sin palabras, sólo formas, colores, olores, ruidos, texturas… Sin embargo, no he llegado a ver al niño de blanco, la luz penetrante se ha ido. “Por fin han comprendido lo incómodo que era”, pienso.

Ahora, ya tranquilo, vuelvo a replantearme la cuestión en la que tanto he pensado: “¿Qué es verdad, la “realidad” o los “sueños”?”. De pronto, venida como de un leve susurro incomprendido y lejano, halló la respuesta:

“No importa el nombre, ambos son lo mismo. La verdad, aunque sea mentira, es verdad si creemos en ella.”

Al fin podía descansar tranquilo. Y vivir de verdad…

viernes, 5 de junio de 2009

Solo

Estoy solo, solo, solo. Sólo rodeado de negro. Oscuridad. ¿Una luz allá al fondo? Levanto la mano. Se desvanece el hechizo. No. Fue solo una ilusión, no hay luz ni allá ni acá...

Hace tiempo que las piernas me fallaron. Y los brazos y todas y cada una de las partes de mi cuerpo. Sólo estoy sentado. Solo. Ni siquiera sé por qué sigo aún aquí. Por qué sigo aún "con vida". Ya no oigo mi respiración ni siento los ya antes tenues latidos de mi corazón. ¡Ay, mi corazón! Donde este estaba ahora ya sólo hay un vacío más inmenso aún que el que me rodea.

No sé por qué sigo vivo. Si tan siquiera puedo soñar (ni por sólo un momento) y tener esperanzas para continuar apretando el cuchillo que, entre mis manos, atraviesa el vacío (antes un corazón enamorado). Emite un leve resplandor frío azulado. Solo, solo, solo.

Encerrado en la oscuridad


Abrí los ojos bruscamente, como quien despierta de una mala pesadilla, pero de poco me sirvió, pues todo estaba oscuro y seguía sin ver nada. Con los ojos bien abiertos, deshice los puños que habían formado mis manos y extendí al máximo los dedos para comenzar a palpar el suelo a mi alrededor. Era frío y húmedo. Apoyándome en las manos, me incorporé lentamente hasta quedar sentado, intentando no hacer ningún ruido, pero el roce de la piel de mis manos con el suelo emitió un desagradable ruido que me dio un buen sobresalto. Con el cuerpo ya temblando ligeramente y las pulsaciones aumentando a medida que lo hacía mi miedo, me levanté del todo.

Giré la cabeza hacia todos los lados, pero no, estaba todo oscuro aún y yo seguía sin ver nada. Di un paso tembloroso que hizo que un ligero murmullo reverberara, por lo que también deduje que cerca de mí había alguna pared. Un escalofrío recorrió mi espalda. Avancé otro paso, intentando de nuevo hacer el menor ruido posible pero sin conseguirlo, ya que temblaba tanto que me era imposible controlar la fuerza con la que pisaba. Di algún paso más, con las manos tanteando el aire que había delante de mí, sin encontrar nada. Finalmente, toqué algo. Di un leve brinco por la sorpresa, pero me tranquilizó ver que se trataba de una superficie lisa. Seguí palpando y llegué a la conclusión de que había encontrado la pared que antes había supuesto. Continué palpando la pared hacia mi izquierda y enseguida llegué a una esquina. Después otra y otra y otra y otra. Como todas eran más o menos ángulos rectos deduje que me hallaba en una habitación cuadrada (más o menos había notado la misma distancia de una esquina a otra) y que ahora me hallaba de nuevo en la primera esquina que había encontrado. Me quedé algo más tranquilo al saber la forma que tenía la habitación donde fuera que estuviese. De repente me paré a pensar y me di cuenta de que no había notado ninguna puerta, ni siquiera un leve resquicio que diera opción a una puerta secreta, todo era liso. Un escalofrío más fuerte que el anterior me recorrió la espalda de arriba abajo. Estaba encerrado.

Me dispuse a volver al centro de la habitación (que según mis cálculos es donde había empezado), mientras mis manos seguían tanteando el aire vacío. De pronto, mis manos tocaron una forma irregular. Me quedé paralizado, con los ojos muy abiertos y el corazón latiendo desbocado. Solo pude mover las manos y descubrir que la forma irregular continuaba y también, al menos esa impresión me dio, se movía. Entonces recuperé la movilidad de mi cuerpo y trastabillé hacia atrás hasta que caí sentado. Me cubrí rápidamente la cara con los brazos, cerrando los ojos y esperando lo peor. Sin embargo, después de unos segundos todo seguía oscuro, en silencio y sin que nada ocurriera. Poco a poco fui quitando los brazos de delante de la cara y me levanté. Cogí coraje y volví a donde había encontrado la forma irregular. Tanteé el aire. No había nada, lo que fuera que hubo antes había desaparecido. Los temblores que sacudían mi cuerpo se hicieron aún más fuertes.

De repente, oí el chirrido de una puerta vieja y oxidada al abrirse. “Imposible”, me dije intentando tranquilizarme, “todo sigue igual de oscuro y ya comprobé que no había ninguna puerta”. Seguí escuchando, paralizado, con la mano aún haciendo un intento fallido de encontrar algo en el aire, y oí unos pasos que se me acercaban desde en frente. Empecé a temblar aún más violentamente y a tener espasmos, siguiendo sin poder moverme mientras oía los pasos acercarse poco a poco, resonando vibrantes, hasta que finalmente se pararon cuando ya estaban a mi lado. Lo único que pude hacer fue encogerme cuanto pude y volver a esperar lo peor. Sin embargo, volvió a transcurrir el tiempo y no pasaba nada, ni se oía ya un solo murmullo. Levanté la cabeza con cuidado, con miedo y el cuerpo temblando bruscamente y miré a mi alrededor en un acto instintivo, pero de poco me sirvió, pues todo estaba demasiado oscuro como para ver nada.

De nuevo no pasaba nada, que raro. Para mi horror, volví a oír un leve murmullo. Pero esta vez no eran pasos acercándose ni el chirrido de una puerta al abrirse, esta vez era algo distinto. Siguiendo a mi intuición y mi oído, me acerqué hacia una de las paredes, descubriendo de esta forma el origen del ruido: las paredes se estaban moviendo hacia el centro, de tal forma que llegaría un momento en que me aplastasen. Llevándome las manos a la cabeza y abriendo los ojos como un loco, empujé con toda mi fuerza la pared que tenía delante, pero siguió sin ceder. Después cambie a la pared a mi izquierda. Y volví cambiar y volví a cambiar. Así sucesivamente, en un intento en vano de detener su inexorable marcha. Finalmente agotado, acudí de nuevo al centro de la habitación. Me senté, hundí la cabeza entre las rodillas y empecé a sollozar fuertemente. Sin ninguna razón aparente, de repente ceso el murmullo: las paredes se habían detenido. Dejé de llorar, sequé las lágrimas que aún quedaban por mis mejillas y levanté la cabeza, ya sin esperanzas de que esto llegara a parar en algún momento. Noté un frío contacto en mi espalda. Sin siquiera ya volverme, arrebatado por la locura, empecé a rodar por el suelo profiriendo gritos salvajes. El contacto paró durante un momento para después volver de nuevo el chirrido de la puerta y el eco de los pasos acercándose. Después el murmullo de las paredes rozando contra el frío y húmedo suelo y de nuevo el contacto frío en mi espalda. Paré de gritar, sollozar y rodar, quedando tumbado hacia arriba. Durante unos instantes no se oyó nada. De repente, estallé en una risa tan estremecedora que cualquiera con solo oírla habría enloquecido.

viernes, 22 de mayo de 2009

Cartas abandonadas


-30 Yach


Me persiguen. Ayer caminaba tan tranquilo por las cálidas calles de Mahm cuando noté algo detrás de mí. Era un grupo de varias personas, serían unas cuatro o cinco, no puedo asegurarlo ya que en cuanto notaron que los había visto corrieron detrás de mí, lanzando drags a diestro y siniestro. Corrí intentando huir, mientras esquivaba las afiladas dagas. Una pasó rozando mi costado derecho. Fue una suerte que no me diera, pues, como sabréis, su veneno es mortífero. Me pregunto quién o quiénes y por qué tendrán tanto interés en mí, un simple viandante, como para venir con semejantes armas. Desde luego, han de ser seres poderosos como para desperdiciar tirando un armamento tan codiciado por tantos otros.

Y aquí me encuentro, en esta cueva no muy lejos de Mahm, algo después de pasar el río Llel. Para llegar aquí tuve que correr a más no poder entre el denso bosque que hay poco después de la salida oeste de la ciudad, donde conseguí perderlos. Tengo miedo. No puedo dormir mucho tiempo seguido sin que despierte sobresaltado creyendo oír en el silencio de la noche sus pasos acercándose. La verdad, es una tontería, son extremadamente silenciosos y si se lo propusieran podrían estar a mi lado sin que me enterara. Ahora que lo pienso, creo que he permanecido demasiado tiempo oculto en esta cueva, si sigo así me encontrarán. Me voy.


-25 Yach

Había supuesto bien. Según salí de la cueva los oí no muy lejos, hablando en su extraño dialecto siseante. Es una suerte que no hablen mi idioma, así no entenderán mis cartas y puedo descargar tensión escribiendo, siempre es un buen método –no me importa saber que posiblemente nadie vaya a leerlas-. Como decía, los oí no muy lejos al salir de la cueva, por lo que me alejé rápidamente corriendo, intentando hacer el menor ruido posible. Lamentablemente, sus oídos son muy finos y el apenas audible susurro de mis apresurados pasos no les pasó inadvertido. Emprendieron mi persecución alocadamente de nuevo. Por lo menos esta vez no me tiraban drags, pues hasta su pequeño cerebro comprendió que estaban demasiado lejos. Digo “pequeño cerebro” hablando en general de ellos -creo conocerlos-, pero me temo que sí que hay alguien más astuto dirigiéndolos, pues sino no me hubieran podido perseguir con tanta precisión. Además, cuando intenté tantear sus mentes –que, ahora sé, son 6-, había uno que tenía una firme barrera que no me permitió averiguar nada sobre él.

Tras dejar ya muy atrás Mahm en estos 5 días que han pasado, mi carrera me llevo hasta el Valle de la Fuente Roja, donde ahora mismo me encuentro, escondido entre unos arbustos cercanos a un riachuelo cuyo nombre no sé, aunque tampoco es de extrañar, ya que es tan pequeño que solo lleva agua cuando llueve abundantemente y posiblemente ni siquiera se encuentre en la mayoría de los mapas de Rihr, ni siquiera en los de esta región, de Lohg. También no muy lejos de aquí vislumbré una cueva, pero creo que lo más sensato es dejarme de cuevas al menos de momento, ya que sería demasiado predecible para mis perseguidores que me volviera a esconder en una de ellas –además añadiendo que es el lugar propicio para esconderse-. Además, hay un montón de animalillos cerca de mi actual escondite, todos ellos fáciles de cazar. Incluso he encontrado un riuk –ahora mismo según escribo estoy acabando de comerlo-, y ya es raro encontrarlos, con lo sabrosos que son y lo poco que les sirven sus atrofiadas e inútiles alas para correr y escapar de los depredadores. Ahora más que nunca, me he dado cuenta de que tiene un sabor exquisito. Y bueno, creo que me voy a ir de aquí, ya he pasado suficiente tiempo para descansar y cuanto antes ponga tierra de por medio entre ellos y yo mejor.


-15 Yach

Es increíble. Cada vez me cuesta más dejarlos atrás. Me han estado persiguiendo 10 días seguidos, sin dejarme apenas parar para recuperar el aliento. Creo que su jefe ha estado indagando en mi mente sin que lo supiera –mientras yo estaba demasiado ocupado pensando en perderlos-, van comprendiendo mejor mis formas de escapar y se anticipan a mis movimientos. Es horroroso. Eso sí, no todo es malo. Intenté perderlos, tras recorrer el Valle de la Fuente Roja hacia el norte –trayecto durante el cual encontré y disfruté de otro riuk-, en los empinados y estrechos senderos de las Montañas Escarpadas, donde un viajero con poco cuidado o equilibrio puede caer fácilmente al fondo de la profunda Falla del Infierno. Aunque no conseguí perderlos a todos, a dos sí, y para siempre, ya que los confundí con la mente haciéndoles creer que había una empinada pero posible bajada a un lado de un sendero y que por ahí había bajado, haciendo que intentaran bajar y, como no había bajada posible, se precipitaran hasta el fondo. Dos menos.

Después recorrimos la parte sur de la región de Uhk, sorteando sus enormes lagos de agua verde, ahora también helados, pareciendo inmensas esmeraldas. Ahora estoy perdido entre los árboles de hojas rojas del Bosque Sangrante. Cada vez tengo menos esperanzas ya de perder a mis perseguidores.

Voy a intentar salir de este infierno vegetal rojo.


-5 Yach

Sigo vivo, aunque cada vez están más cerca de atraparme, no sé cómo lo hace pero el jefe cada vez parece más poderoso y adivina mejor mis movimientos. Eso sí, ya solo le quedan dos súbditos, he conseguido acabar con otro. Sin embargo, me temo que aunque acabara con los otros dos seguiría pudiendo conmigo. No sé donde me encuentro, pero poco importa esto, simplemente voy a donde la intuición me lleva –aunque sospecho que esta me está fallando-. Ya solo quedan 5 días para que acabe el año. Casi me avergüenzo de decir que tengo esperanzas de que –de alguna forma mágica e imposible- todo cambie en este nuevo año. Zihn, que tan cercano estás; por favor, tienes que ser mi año de suerte.

Creo que se acercan. La persecución continúa. Me empiezo a cansar de este juego…


-999 Zihn

Apenas pude escapar el otro día milagrosamente por favor divino. Si no estuviera ya completamente desesperado empezaría a creer en algún dios que me pudiese ayudar. No podéis imaginar el poder del Jefe. Ahora ya no me cabe ninguna duda, cada día aumenta. Quizá Él sí sea un dios. No encuentro otra posible explicación. Cada día que paso en este mundo es una completa hazaña. Dudo que muchos seres pudieran haber conseguido lo que yo he hecho.

Cada vez me pierdo más, nunca había estado tan lejos de mi querida ciudad natal, Mahm. Esto también disminuye mi moral, ya son cientos, miles o quién sabe cuantos gongs lo que me separan de ella. He recorrido valles, montañas, bosques, grandes ríos, pequeños riachuelos… y ahora he llegado a un desierto. Desierto, precisamente así me encuentro yo, mis fuerzas flaquean, hace tiempo que no como ni bebo, no me quedan siquiera ganas de dar un solo paso más. Simplemente estoy tendido en la arena. Escribiendo lo que creo que va a ser mi última carta –y por una vez en estos últimos tiempos mi intuición no va a fallar-.

Un momento. Acabo de oír algo. Sí, son pasos. Dos personas. Ellos –ya solo le queda un súbdito, se me olvidó decirlo, aunque tampoco importa, una ínfima parte de Él se bastaría para acabar conmigo, aún más ahora-. Me han visto. Se acercan. Pero esta vez no voy a escapar. No. No tengo ganas ni fuerzas ya. Esperaré. Esperaré a que lleguen. Sí, ya están cerca. Cada ve queda menos para mi salvación. Para acabar con este tormento. Apenas les quedan unos pocos pasos. Ahora sí tengo esperanzas. Enseguida podré ser libre y volar hacia aquel horizonte anaranjado donde el sol se pone, como si fuera un pequeño alin con sus bellas alitas pálidas al viento.

martes, 7 de abril de 2009

Relatos cortos

I - Desamor

La calle era oscura y estrecha. No muy lejos trazaba una esquina y se perdía a mi vista. La esquina por la que acababa de perderse el último fragmento de ella.

Me encogí sobre mí mismo, sentado en el suelo, y enterré la cabeza entre mis rodillas. Intenté parar las lágrimas, pero fue como si hubiera intentado detener un maremoto con un simple palo de madera. Frágil, se partió en mil pedazos antes de que quisiera darme cuenta. Los recuerdos volaron rápidos por mi mente. Todos los momentos, los instantes a su lado. Los abrazos, las sonrisas. Las miradas, los besos. Los "te quiero". Todos. Perdidos. ¿Serán alguna vez olvidados? "No...", dice una
vocecilla en mi interior (¿será el corazón?), "solo hay un amor verdadero en cada vida, solo, y el mío acaba de irse por esta calle resbalando sobre la esquina. Y lo peor: sin mirar atrás."

No, ya no hay vuelta atrás, las lágrimas ya forman un charco en el suelo y no, ya no hay vuelta atrás. Todos estos sueños rotos... ¿qué son ya sino mentiras? Ahora, por fin (¡ya tarde!), comprendo... solo hay un sueño verdadero... el que nunca acaba. Aquel pájaro que trinó en nuestro corazón ha muerto, y ahora huye. Quizá deba hacer lo mismo. Quizá deba huir y no volver. Y volver a huir... Huir a aquel sueño que, ahora sé, siempre he estado buscando, aquel sueño oscuro y desierto, vacío, donde yo (ahora ya nada) pueda
serlo todo. Aquella melodía muda que siempre creí oír de fondo. En el fondo de nada. Un sueño de verdad...

Vuelve a mis ojos el charco de lágrimas en el suelo. Miro a mi alrededor. La calle, oscura y vacía (melancólica). El cielo, plomizo, comienza a descargar su llanto. Mis lágrimas se entremezclan con la lluvia en una combinación odiosa (de amor).

Voy
distanciándome poco a poco de la calle. El silencio se va amortigüando hasta también desaparecer. Y la lluvia. La oscuridad penetrante acaba de envolverme con su frío manto. Por fin, un sueño de verdad... Ya nada queda, nada soy, solo queda tiempo de dedicarle dos palabras en este último instante... Te quiero.


II - Los Guardianes

Los Guardianes esperaban la llegada del rey de Augsbech. Todos los preparativos estaban hechos: estandartes, tapices, habitaciones, mesas, banquete... no faltaba nada. Sin embargo, el Rey seguí sin venir. A decir verdad, hacía mucho tiempo que debía haber llegado. Tanto que los Guardianes ya habían perdido la cuenta y, uno a uno, pronto fueron muriendo (a pesar de la larga vida de la que disponían). Pero sus cuerpos quedaban sin más, inertes y fríos, sin caer y sin moverse, como si esperasen aún después de muertos.

"Qué triste vida", pensó una mariposa al llevarle su vuelo cerca de los Guardianes, "la de las estatuas. Esperan, sin saber cuánto ni cuándo ni por qué, simplemente esperan. Por siempre... y por nunca".


III -Extraterrestres

Recientemente, llegaron unos extraterrestres. Nadie se alarmó, no tenían nada de especial. Bueno, quizá sí: eran de otro color (verdes, rojos, violetas, amarillos, azules... en fin, cualquiera menos blanco). Por ello los discriminaban. Decían que solo era lo puro es bueno, lo de aquí (¿por qué puro lo de aquí?), y que solo hacía falta mirarles a la piel para ver que venían de otro planeta. Les daban los trabajos más duros, pero nadie protestaba. Y lo peor, interminables años de papeleo. A los que no lo hacían, se les mandaba de vuelta a su planeta en el medio más barato que se encontrara. Como si se perdían por el camino, ¿qué más daba? ¿Acaso iban a quejarse? Ellos, encima de que se les había dado la oportunidad de estar con los buenos, los verdaderos...


IV - Su cuchillo azulado

Corría por un bosque ensangrentado (no sé de quién sería la sangre), iluminado por la pálida y temblorosa luz de la luna. Sus pasos me seguían, retumbantes en la oscura noche que no envolvía todo. Pretendía huir, dejarla atrás, a ella y su cuchillo azulado. Y corría, corría, corría. Por el bosque ensangrentado.

Pronto pensé que había escapado. Me paré en un claro, resoplé por el esfuerzo y, después de recobrar el aliento, grité, entusiasmado. Me había costado, pero lo había conseguido, al fin. Un destello azulado, el frío que empezó a subir por mi pierna y salí de mi error. Por fin comprendí que nunca escapaba uno sino de sí mismo. Al mismo tiempo, la vida escapaba como
volutas de humo por el aire desde mi corazón. Caí, y mi cuerpo quedó tendido sobre la hierba, bocabajo, pálido y frío, azulado a la luz de la luna.

jueves, 5 de febrero de 2009

El vuelo de un pájaro

Volé entre las copas de los árboles, cambiando alternativamente y sin orden alguno de corriente de aire, simplemente dejándome llevar sin rumbo fijo. Atravesé grandes praderas verdes donde el sol brillaba en un bello espectáculo cada mañana sobre las gotas de rocío en la hierba. También vi altas montañas, con sus blancas cimas nevadas de las que descendían los ríos brindando al aire un suave y agradable murmullo. En algunos lugares este murmullo se hacía más intenso, las aguas cogían velocidad e incluso llegaban a caer desde elevadas pendientes formando hermosas cascadas que brillaban a la luz del ocaso como si de cabellos de oro se tratara. También conocí otros animales, desde pequeños e inocentes hasta grandes y feroces. Los más pequeños me evitaban, creyendo ver en mí un peligro para su vida, mientras que a los más grandes solo los podía observar desde lejos y llevando mucho cuidado en no ser detectado, no me fuera a convertir yo en su próxima presa.

Pasado un tiempo, en el que no podía dejar de regodearme con los bellos y tranquilos paisajes que me rodeaban mientras yo seguía con mi melancólico vuelo sin rumbo, encontré unos nuevos animales. Era una especie rara, pues caminaban sobre dos patas y, aunque solían ir con trapos por encima (cosa que nunca llegué a entender), se podía observar fácilmente que disponían de bastante menos pelo que la mayoría de los animales que se parecían a ellos.

Tarde descubrí, cuando volaba (como siempre, sin rumbo) acompañado de un hermano gorrión disfrutando de una amena charla, que este nuevo tipo de animal era uno de los más agresivos, si no el más, animales que pudieran existir sobre este bello planeta, pues un espécimen relativamente joven, sin motivo alguno (quizá el aburrimiento), mató de una pedrada a mi compañero, mientras que yo huí apenado buscando alejarme del alcance de aquel ser. Cuando me distancié lo suficiente, me propuse averiguar algo más sobre este extraño carácter, en un mundo donde primaba lo bonito, tranquilo y alegre. Fui descubriendo horrorizado la dimensión de su obra, y cada cosa que descubría, me provocaba un dolor interior insoportable que acortaba los días de mi vida y me hacía más y más viejo…

Estos seres (pues no se merecen llamar animales) no se conformaban con disfrutar de los placeres que una vida en paz con el resto brinda, sino que estaban en continua y desigual pele contra el medio en el que vivían y el resto de sus habitantes, no respetaban nada, lo mismo les daba talar el bosque más grande, que montar sus grises viviendas en una verde pradera, que conducir el agua en sus horrendos canales. Grande fue mi sorpresa que al descubrir que hacían lo que ninguna otra especie hacía: matarse mutuamente, y no por supervivencia (que sería más normal), sino por puros intereses de unos u otros, por diversión e incluso creo que en casos por aburrimiento.

Dicen que la Madre Naturaleza es sabia. Yo lo empiezo a dudar, pues, después de dotar al mundo de cosas tan bellas como un cerezo en flor, una cascada brillante o una cima nevada va y crea un horrendo ser (así los llamaré, “Horrendos Seres”) capaz de acabar con todo lo anterior. Me insto a pensar que lo habrá hecho sin conocer el desenlace de su creación, que lo único que buscó es crear un ser más inteligente que los demás que dominara pacíficamente sobre ellos mediante su ingenio y los ayudara a mejorar. Sin embargo, algo debió salir mal, pues demasiado valiente sería quien se atreviera a afirmar sin dudas que esto que he estado observando, tal que matarse entre ellos por razones banales, es inteligencia.

Llegado a esta conclusión, emprendí un rápido vuelo (esta vez sí tenía rumbo) hacia alguno de los pocos lugares bellos y tranquilos que quedan en este planeta antes tan bello. Solo queda disfrutar mientras se pueda de estos hermosos placeres a la vista, antes de que el Horrendo Ser nos prive de ellos.


De un pájaro que vuela, para los demás animales.

lunes, 2 de febrero de 2009

El Jardín Silencioso

Hace ya tiempo que están secas las briznas de hierba, formando una alfombra rígida y oscura, que se mece incluso aunque ni la más leve brisa sople y sin que haya ni un solo movimiento. Se elevan sobre esta alfombra abundantes flores marchitas que dejaron sus vivos o suaves pero bellos colores abandonados en algún rincón en tiempos inmemoriales. Memoria… ¿qué significa eso donde los únicos recuerdos son recuerdos olvidados, donde los sentimientos vagan vacíos y los pensamientos no dicen nada? Precisamente eso, nada. Aquí todo es algo y nada a un mismo tiempo: los cuerpos, las acciones, las marcas que dejaron aún siguen, mas lo más bello y oculto, lo que no puede sentirse con los sentidos, eso expiró hace tiempo. Dicen que en este… lo podríamos denominar jardín, no existe el amor. Porque… ¿qué es el amor con recuerdos, sentimientos y pensamientos, pero todos ellos vacíos y olvidados? ¿Se puede decir “te amo” o “amo a alguien o a algo” si no recuerdas, no sientes y no piensas que amas? Es más, ¿se puede decir algo si no puedes recordar, sentir o pensar cómo decirlo? Sinceramente, no lo creo.

Pero nada puede ser perfecto, ni siquiera el olvido. En el esfuerzo de dejar todo lo hermoso a un lado, se dejaron una cosa: el silencio. Así que ahora y aquí, tras lejanas y olvidadas reflexiones, proclamo sin voz en el silencio que este mismo es lo más bello y único que existe, en el silencio puede haber infinitos pensamientos y puede no haber ninguno, puede haber cosas bellas que nunca llegaron a ser dichas, puede haber recuerdos no olvidados que jamás fueron contados, pueden haber muchos amores (o uno solo que valga más que todos ellos) y que no lleguen nunca a ser expresados; pueden pasar tantas cosas sin llegar a ser contadas que hasta puede llegar a no pasar nada… La naturaleza es sabia y, como yo, sabe que el silencio es el bien más precioso que existe, por eso lo ha hecho indestructible, pues se puede romper en pequeños y efímeros fragmentos de tiempo, mas no por siempre.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La Carta

Los pájaros cantaban alegres en la mañana. Óscar se incorporó en la cama y se desperezó. Subió la persiana lo husto para que un suave haz de luz entrara por la ventana. Se vistió y desayunó tranquilamente, hoy no tenía que trabajar, era domingo.

Como todos los días, salió a dar un paseo a la tímida luz del sol de la mañana, para dejar que la fresca brisa de la orilla del mar despejara su mente e intentar inspirarse.

Después de tres horas de paseo y calma (como todos los domingos, a las 12 en punto), volvió a casa. Según llegaba, se fijó en que había una carta nueva en el buzón. La cogió y, sin abrirla aún, entró en casa y subió a su cuarto.

Se sentó en la mesa de su escritorio (él era escritor, y en esa mesa era en la que la fina punta de su pluma rasgaba suavemente la superficie blanca para encontrar palabras). Abrió la carta y comenzó a leer:

Estimado Óscar Fernández Ruiz,

Como ve, sé su nombre y sus apellidos, sin embargo usted no me conoce a mí. Le diré simplemente que sus novelas y cuentos me apasionan y lloro cada vez que leo alguno de sus poemas.

Movido por la adoración que le profeso, le he estado observando estos días. Levantarse a las 9, desayunar y vestirse tranquilamente, dar sus paseos de dos horas, sentarse en el escritorio (en el que seguro que está leyendo esta carta) para rasgar con su pluma el papel...

Y me ha llamado una cosa verdaderamente la atención: no hace nada que le pueda distinguir de los demás. Bueno, con un matiz, escribe magníficamente; pero por lo demás, si alguien lo ve por la calle sin saber que es Óscar Fernández Ruiz, podría confundirle con cualquier otro, pues el poder de su mano y su mente es invisible (como he descubierto que es todo lo importante) a la vista de nuestros ojos.

Por eso (me avergüenza decirlo pero es verdad), le he empezado a tener envidia... y esta no es sana. ¿Cómo puede escribir tan bien si aparenta ser normal?

En fin, qué le voy a hacer...

Sin más, me despido añadiendo sólo una cosa: hasta siempre. Por que estás palabras serán las últimas que lea, Óscar, de eso me encargaré yo...

Los pájaros cantaban alegres en la mañana...

jueves, 27 de noviembre de 2008

¿Por qué no darse cuenta?

(Nota del autor: es una historia que tenía que hacer para clase de Lengua con las siguientes limitaciones: el título debía empezar por "¿Por qué...", debía aparecer la palabra "camino", el verbo "acabar" en alguna de sus formas, al menos un diálogo, una metáfora y se tenía que desarrollar en Santander por esta época que vivimos.)


Estaba sentado en el alféizar de la ventana cuando el cielo oscuro empezó a teñirse de rubio en aquel barrio a las afueras de Santander. Permaneció inmóvil, impasible, dejando que la brisa del alba acariciara su rostro y meciera sus cabellos, tiñéndolos de destellos dorados. A sus oídos llegaba el alegre canto de los pájaros despertando la mañana, con el que se deleitaba antes de que llegara el ruido de esas máquinas inundando todo.

Al cabo de un rato, el aparatoso pitido del despertador lo sacó de sus ensoñaciones. Se bajó del alféizar y lo apagó bruscamente. Odiaba aquel desagradable sonido que irrumpía en la armonía de la mañana y el canto de los pájaros. Desgraciadamente, era necesario para no llegar tarde a clase.

Se vestía con lo que su mano al azar elegía del armario, sin las órdenes de su aún ausentada mente, procurando no repetir lo del día anterior. Iba a desayunar a la cocina con sus padres, pero apenas hablaban. Ellos estaban demasiado dormidos, él no se esforzaba, con la mente aún llena de ensoñaciones y pensamientos.

-Buenos días -saludaba.
-Buenos días -respondían sus padres, terminando toda conversación.

Después, su padre lo llevaba en coche a clase. Tampoco hablaban, uno demasiado dormido, otro demasiado abstraído.

Pasaban las clases, las horas y, cuándo quería darse cuenta, ya había acabado otro día más, sin nada interesante.

Esta podría ser una buena descripción de lo que era mi vida hasta ahora. Días aburridos y monótonos, como el sonido de las agujas del reloj en su largo camino.

Pero hoy todo ha cambiado de repente. Me he levantado, he hecho todo lo que hago siempre, monótono y aburrido, sin que mi mente soñadora percibiera apenas nada. Llegué al colegio, fue algo extraño, nadie me hablaba, parecía que ni siquiera me veían. Pero como normalmente tampoco solemos hablar mucho, lo atribuí a que no les apetecía o habían quedado en algo entre ellos para conseguir apartarme del todo, así que no le di mucha importancia.

Así, volví a casa, habiéndome olvidado ya de la anécdota del colegio y sin darme cuenta de lo que hacía.

Llegué y, tras comer, me senté al sofá a ver las noticias del día. Según puse el canal local, escuché atento, estaban relatando que había ocurrido un incendio en la calle San Fernando, número 34, primero izquierda. Tras un instante de lucidez, justo antes de la tormenta, comprendí que había muerto entre las llamas mi único y mejor amigo. Entre risas y lágrimas pensé:

"Qué tonto he sido, ¿cómo no me he dado cuenta de que esta mañana me he levantado muerto?".

lunes, 6 de octubre de 2008

Camino

"Hace tiempo que camino a oscuras. Camino a oscuras, por un sendero marcado con antelación, tengo miedo de lo que pueda pasarme si me salgo de él. El ruido de mis pasos rebota contra la oscuridad y atormenta mis oídos, amenazando con dejarme sordo. No tengo comida ni agua. ¿Acaso los necesito? La lluvia empieza a caer. Sí, no me preguntéis cómo, pues como vosotros pensaba que estaba en un lugar cerrado, donde la única opción era seguir el camino. Pero no, la lluvia cae sobre mi cuerpo desnudo y me moja, haciéndome sentir frío. Ah, ahora recuerdo que se me había olvidado comentarlo, estoy desnudo. Aunque, pensándolo mejor, primero tendría que averiguar si tengo cuerpo, pero esta oscuridad opresiva no me deja ver nada.

Sigo andando por el sendero durante horas, días, años. Espera un momento. No tengo reloj, quizá sólo es un segundo que se me ha hecho eterno.

Así que sigo caminando, durante este eterno segundo, buscando algo, pero nada en concreto, es decir, sin buscar nada. Camino. ¿Por qué camino? Porque hay un sendero delante de mí. ¿Por qué no voy a otros lados? Pero qué cosas preguntas, en otros lados no sé si habrá camino.

De repente, noto una presencia a mis espaldas. Sorprendido y aterrado, me doy la vuelta. ¿Cómo imaginar que hay algo más aparte de mí y el camino? No veo nada, pues todo está oscuro, pero alcanzo a intuir la presencia de otro "algo". Primero, un escalofrío me recorre. Después de unos instantes, emocionado, la abrazo. Tan ansiada, la había esperado durante todo este tiempo sin saberlo. Me dejé llevar por su suave tacto, sus dulces caricias, el sentimiento de que me elevaba lentamente, gozando de su presencia.

Mientras continuaba la placentera ascensión, separé un momento la vista de mi salvadora y "observé" (mejor dicho, intuí) la presencia de otros, que, como yo, seguían un camino prefijado. Seguí ascendiendo, mientras continuaba observando la variedad de caminos:

Había caminos paralelos, donde los caminantes, aparte de intuirse el uno al otro, poco más podían hacer, sus senderos nunca llegaban a cruzarse. Había otros solitarios (como el mío), que ni siquiera podrían intuir nunca la presencia de otro alguien. Otros, se cruzaban en ciertas partes, de manera que los caminantes podían disfrutar de otras presencias en determinados momentos. Los que más me llamaron la atención fueron los caminos que avanzaban unidos, es decir, los caminos de 2 personas. Qué felices debían ser.

Continúe subiendo, mientras mi vista alcanzaba curiosa a más y más caminos. De repente, apareció uno que llamó mi atención. No era un camino cualquiera. Su caminante, lejos de dejarse guiar por la prefijación de su sendero, lo agarraba con fuerza y lo iba girando, a su gusto. Escandalizado, me pregunté cómo era posible. Quién se creía aquel, que pretendía cambiar la dirección de su camino. Sin más, terminé mi ascensión, con la frustración aún en la mente."

Los presentes aplaudieron, emocionados, ante el relato que acababan de oír. El que lo había leído acataba los aplausos agradecido. Sin duda, era un gran relato, el relato de su muerte.

martes, 30 de septiembre de 2008

Una vida destrozada

Volvía a casa andando, fijándome en un mendigo en medio de la calle, pidiendo limosna, como todos los días. Sus ropas estaban raídas a más no poder, apenas tenía carne en los brazos, estaba totalmente desnutrido y su piel se mostraba muy sucia. Miraba a los que pasábamos semi-cegado por las cataratas que acosaban sus ojos, mientras continuaba en su triste labor de pedir limosna. Destrozado por la pena que sentía por aquel pobre mendigo, le dejé una cuantiosa limosna (por lo menos en comparación con la normal) y continué mi camino hacia casa.

Ahora que ya he llegado, siento que el mendigo me ha inspirado para escribir un nuevo relato:


Observo el campo a mi alrededor, donde el viento esparce las hojas caídas de los árboles. El viento, el mismo viento que arrastra estos trozos de mi vida, de mi corazón, de mi alma. Apesadumbrado, miro al cielo, observando tornarse grises las nubes y su llanto descargar sobre estos campos. Llanto, el mismo llanto que cae sobre mi herida, intentando cicatrizarla, pero sólo consiguiendo aumentar el dolor.


Al fondo, veo a aquel hombre desesperado; el viento y la lluvia arrasaron su cosecha, arrasaron su vida. Continúa lloviendo, y el viento azota cada vez con más intensidad, mientras el hombre intenta salvar a sus pobres plantas. Y llora, imitando al cielo, observándolas morir una a una.

Destrozado, levanto la vista del espejo y la dirijo a mi cosecha arrasada. Mis plantas, mis pobres plantas, que sucumbieron ante la lluvia y el viento.

La tormenta llega, y las gentes de la ciudad respiran tranquilas, pues ven que está lejos de ellos, en medio del campo.

Que tire sus rayos sobre mis pobres plantas destrozadas, sobre mí. Qué más les da a las gentes de la ciudad. A ellos no les llega, y eso basta.

Sólo es uno más.


Terminé el relato emocionado y lo guardé con los demás. Mañana volvería a pasar por la misma, calle, viendo al mismo mendigo, con las mismas ropas, las mismas condiciones, diciendo las mismas cosas. Y sentiría la misma pena.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Único?

Estaba tirado en la cama, demasiado aburrido como para levantarme, dejando vagar mi mente por el mundo de los pensamientos cuando me vino a la cabeza una idea. Me incorporé lentamente y me puse a pensar sobre ello. Siempre había dado por supuesto que todas las personas eran como yo (no de aspecto físico sino más bien en lo psicológico, es decir: podían pensar, tomar decisiones...), pero estas reflexiones me llevaron a pensar que yo podría ser único. Lo que me llevo a pensar esto es que puede que los demás simplemente estén programados, es decir, no tengan capacidad de elección ni piensen como yo. Porque, podía estar todo programado sin ningún problema. Quizá si algún científico había realizado un descubrimiento era porque algo lo había "marcado" así, o simplemente había nacido "marcado" de esa forma. No era una perspectiva atractiva precisamente, y pensar que todo podía ser así me hacía sentirme solo, terriblemente solo.

Al pasar por un kiosco vi al dependiente que le vendía el periódico a un anciano señor y me pregunté si de verdad aquel señor había tenido la voluntad propia de ir a comprar el periódico o estaría grabado en su ser.

Seguí reflexionando y me di cuenta de una cosa, mientras mi miedo aumentaba por momentos, también podía ser que yo estuviera planificado. Puede ser que cada pensamiento, cada sentimiento, cada idea, estuviera "marcada" en mí ser. Si es así, esto que estoy pensando no he llegado a ello porque sea especialmente listo o loco, sino porque estaba predestinado a ello. Porque, si no, ¿cómo es que me podía relacionar con los demás y que ellos supieran actuar en función de lo que yo les decía?

Tras darle más y más vueltas, pensé incluso en que todo pueda ser en una disposición de la imaginación, que todo esto que siento (tanto por los sentidos como los sentimientos) fuera una invención de mi imaginación que, mientras mi mente permanecía dormida, había expuesto en ella a fin de no aburrirse.

Seguí pensando y pensando y cada vez se me ocurrían otras perspectivas. ¿Y si los religiosos tenían parte de razón, y después de esto había otra vida, esto eran imaginaciones mías y después vendría la vida? ¿Y si simplemente yo fuera un ente compuesto simplemente por imaginación, una imaginación que me hacía "vivir" todos estos momentos.

Me sobresalté al oír un ruido, había olvidado que estaba sentado en la cama. Me orienté rápidamente y detecté la procedencia del ruido: el móvil. Me incorporé algo mareado y miré quién llamaba. Mi novia. Entonces pensé: <<¿Qué más da cuál sea la realidad? Nunca lo sabré, pues hay posibilidades ilimitadas y es imposble demostrar que sólo hay una. Así, aquí, en esto, sea lo que sea, yo soy feliz y eso es lo que importa>>. Así pues, con una sonrisa en la boca y ánimos renovados, respondí a la llamada.



Ahora, en mis últimos días de vacaciones, mientras disfruto de un tranquilo y fresco hotel en Finlandia, se me ocurrió este cuento, tumbado en la cama, algo aburrido, simplemente descansando en mis últimos días de tranquilidad. Los mismos pensamientos que al personaje habían pasado por mi mente, y había llegado a la misma conclusión.

El móvil sonó, me llamaba mi mejor amigo.

lunes, 18 de agosto de 2008

Diario de un asesino arrepentido - 28 de julio, 2009

27 de julio, 2009


Acabo de acordarme de este diario. Hace tiempo que no escribo en él, pero he seguido cometiendo crímenes, a cada cuál más horroroso que el anterior. Hace justo un año y un día que cometí mi primer crimen. En el hipotético caso de que alguien lea este diario dirá: "No, fue hace un año justo". Hipotético lector... se equivoca. Hoy, el día que he tomado una decisión muy importante, voy a contar todo:

Igual crees que Sofía (pongo su ejemplo pero los demás son iguales) murió el 27 de julio, el día que lo escribí. O incluso puede que creas que murió el 26, y que yo escribí eso al día siguiente. Pues no, esta vida, esta caprichosa y odiosa vida, me dio el don de ser una persona con cualidades buenísimas para matar, para averiguar cosas sobre los demás y para saber qué iba a pasar al siguiente día. Esto sólo me pasaba de vez en cuando, la primera vez que me pasó fue aquel día 27 de julio. Interesado, me propuse escribirlo, y así lo hice, sin saber aún que el instinto (o quizá el destino), me llevaría a cometer el crimen que estaba escribiendo. Por tanto, Sofía no murió aquel 27 de julio, sino el 28.

Quizá te preguntes, mi querido e hipotético amigo, cómo soy, o qué soy, que viene a ser parecido. Si quieres que te diga la verdad, ni yo mismo lo sé. Cuando me refiero a mí en masculino, lo hago porque lo encuentro más neutral que el femenino, pues en realidad hace mucho que olvidé si era hombre o mujer. Quizá nunca lo supe, o no fui ninguna de las dos cosas. Quizá ni siquiera soy un ser humano. Vete a saber, yo no soy ningún científico. Si te preguntas por mi rostro, mi aspecto físico, nunca me interesó ni ahora me interesa, nunca me he mirado en un espejo ni nada en lo que pudiera verme. Posiblemente crea que mi imagen es demasiado horrorosa y prefiero guardarme el disgusto.

Soy, sin duda, un ser excepcional, "un ser hecho para matar", podría ser mi mejor definición. Pero ahora, hoy, curiosamente habiendo pasado justo un año desde mi primera "revelación", he tomado una importante decisión. Me dispongo a cometer el último y mejor de mis crímenes, me voy a suicidar. Ahora comprendo, sí, tristemente ahora lo comprendo, algo tarde pero "mejor tarde que nunca", que mi primer asesinato debió ser matarme a mí mismo. ¿Qué derecho tengo sobre la vida de los demás? Si quería matar a alguien, debía haber empezado por matarme a mí mismo. Ahora, que ya lo he comprendido, me dispongo a matarme (o suicidarme, como se prefiera). Sí, un grandioso asesino como yo, morirá como cualquier otro vulgar, demasiado atormentado por sus crímenes como para dejarse con vida. Este será el final de mi historia, un final feliz.


El 28 de julio del 2009, un cuerpo extraño fue encontrado en una oscura casa a las afueras de Santander.

Consulta de Jorge

En principio, y de hay viene la url de la página, este blog se llamaba "La Consulta de Jorge", en honor al gran libro de Jorge Bucay "Déjame que te cuente". Además, un personaje que casualmente llevaba mi mismo nombre introducía los textos que escribía. Como esto último ya no es así, he decidido cambiar el nombre a "Sueño del Poeta".