Es tan sólo un altillo vacío. Muebles rotos se apilan sin orden alguno. Por una ventana situada en algún rincón inportuno entra una luz amarillenta que parece ensuciar aún más la estancia, ya de por sí sola repleta de polvo. Sólo hay movimiento en un rincón oscuro donde un antiguo tocadiscos estropeado gira emitiendo siempre la misma nota. Como si esta le fuera a liberar del polvo que lo recubre a él y a todo el altillo. Como si así pudiese revivir y dotar de la anhelada vida que algún día poseyó al cuarto donde su penosa nota repetida apenas se oye entre las paredes, apenas se eleva hacia el techo y se aleja entre las rendijas para perderse y no volver jamás.
Oh, el altillo. El misterioso altillo de cuya vida no sabemos nada (ni sabremos nunca) salvo la soledad del momento, la angustia del silencio frío que lo envuelve con un manto del que nunca volverá a resurgir. ¡Qué importa el pasado, el futuro o el presente!. No hay esperanza para el olvido.
Este es el pequeño rincón donde un joven amago de poeta intentará dejar plasmados sus sueños.
Mis versos se van, siguiendo cierto aire de amapola, pero seguirán vivos en: http://airedeamapola.blogspot.com/
miércoles, 12 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
Poemas 11
El Río
Todos volvemos sobre nuestros pasos mojados al Río
y besamos de nuevo el agua pura y cristalina
con la que algún día soñamos.
Diario del muerto en la oficina
(Mezcla mía de los poemas: "El muerto", de José Hierro; y "Oficina y denuncia", de García Lorca)
Os escupo a la cara.
Sí, a todos vosotros que moriréis como yo,
ahogados en la sangre de una multiplicación inacabada.
Vosotros, asesinos de patos, de vacas, de ríos
emborrachados en aceite sucio.
Vosotros, los que nunca sentisteis la delicadeza
de la flor en la mano
ni os pinchasteis con la leve aguja del pino.
Humanos sin tierra ni aire,
sin manos para crear más cosas bellas en este mundo,
solo con pies para dejar huellas de destrucción marchita
a vuestro paso, levantando de los animalitos torturados
lamentos que se oyen por todo el valle donde el mundo entero se congrega
a seguir ciego y sordo vuestros pasos serios.
Vosotros, moriréis en silencio y olvidados,
verdes pastos de hierba ocultarán vuestro camino.
La naturaleza siempre resurge de las cenizas
desde el monte más alejado donde cantan los pájaros
y sólo aquel que la observe apasionado con felicidad muda,
sintiendo la alegría temblar en sus manos; solo aquel
no podrá morir nunca.
Muerte
¿Qué queda cuando la vida,
la triste vida que llevamos siempre a la espalda,
decide, por fin responsable de sus actos,
ocultarse tras el marco infinito de la muerte?
Cuando sólo puedes llorar a carcajadas,
tienes un último segundo para hacer algo.
Uno, ¿dos? No hay dos.
No te preocupes, ya pasó todo.
Cuando puedes tumbarte a descansar en la cama
quieres soñar pero, de repente,
llevándote las manos a la cabeza
como una flor marchita que repliega sus pétalos,
descubres que no quedan sueños.
No hay árboles, ni hierba, ni flores en el parque.
¡Qué digo! No hay parque.
Ni lluvia tras la ventana cuando buscas las lágrimas
de tu propia imagen reflejada.
Quieres entonces volar,
por fin sin ataduras, sin cadenas ni celdas.
Has de volar
libre. Eternamente libre.
Volar más lejos de lo que ningún vivo llegó
con sus estúpidos aviones de plata.
Volar como un amante sin alas
hacia el frío anochecer oscuro,
ya olvidado.
Amanecerá, después, de nuevo todo reverdecido,
presa del irresistible encanto de la falsa primavera.
Un nuevo día creerá ver la luz
entre las oscuras ciénagas de madera podrida.
Y nosotros, espíritus del olvido,
pájaros negros de la noche,
volaremos todos juntos, sin vida y melancólicos,
con el aullido silencioso de una manada de lobos.
Anochecer y estrellas
Al anochecer, lloran los pájaros solos.
Más lejos, se extiende el delicado vuelo
de una mariposa.
No hace falta saber de estrellas para contemplarlas
en la inmensa soledad de un rincón vacío.
Caballito blanco
Más allá de la luz, hay una pequeña lámpara gris.
En la calle, hace frío. Lo sé (aunque no lo sepa).
Quizá sean las estrellas las que me hablan.
Qué digo, las estrellas. Las putrefactas luces de la ciudad
me impiden verlas.
Allá lejos, suspira un pájaro. Teme por la tardanza
de la primavera en habitar esta ciudad de gris cemento.
Más lejos aún, una amapola (o quizá sea un tierno caballito blanco).
Después de todo, siempre hay más nada que vivir.
Que soñar.
Miro por la ventana (tampoco tengo esperanzas de ver nada).
Abajo, en la calle opaca de acera oscura,
trota un pequeño corcel pálido.
¿O solo es, de nuevo, un sueño?
Hola
Hola. ¡Qué fácil decir hola! Una palabra tan sencilla...
Hola, sigo escribiendo. Pero... ¿cómo seguir?
Hola, es de noche.
Hola, en el cielo se iluminan las estrellas
y en la calle las farolas.
Hola, me pregunto si hará frío allá fuera,
si no será tan acogedora como parece la noche.
Hola, aquí sí pues me hace recordarte, aquí
(sí, en mi pequeño cuarto iluminado por una lámpara gris).
Hola, ¿por qué? ¿Por qué te recuerdo?
¿Por qué sigo diciendo hola?
Hola, te quiero.
Cemento negro
Limones grises. Amanecer sangriento.
Amarillentas piedras se ocultan (las pisamos).
Pájaros blancos sobre el cielo. Quizá solo sean (de nuevo) aviones.
Rascacielos altos. Detrás, un pobre mendigo muerto.
Siempre. Siempre son los mismos giros de aguja
de un mismo reloj impasible. Nos observa en lo alto.
No hay ningún sitio al que escapar.
No hay esquina, rincón oculto.
Todo lo absorbe su manto. Manto de sangre.
De cemento negro.
De hierba y flores huidos para siempre.
Más allá
Más allá de las lágrimas, hay un pálido cristal transparente.
Más allá de las ventanas, el viento mece la hierba y los árboles.
Más allá de los árboles (y la hierba), hay un parque.
Más allá de los parques (arriba), se estrella el cielo ennegrecido.
Más allá, hay más cielos iguales.
Más árboles (y hierba), más parques.
Más allá de otra ventana semejante, hay otra persona.
Quizá esté pensando en lo mismo.
miércoles, 24 de junio de 2009
El bar
No recuerdo nada más allá de la llegada a aquel bar (“La vida”, se llamaba). Fumaba algo extraño (no sé qué era ni por qué lo fumaba, nunca lo había hecho). Había más gente (de eso estoy seguro) pero, sin embargo, tampoco me queda recuerdo alguno de ellos. No debí fijarme. Busqué una mesa vacía y me senté en la carcomida silla.
-Camarero, una cerveza, por favor –pedí en voz alta.
Recuerdo que fue la primera. La primera cerveza de aquella noche y la primera de mi vida. Siempre había rechazado el alcohol. No recuerdo qué había cambiado aquel día, ayer, esa noche. Fue la primera, la primera de muchas más.
De repente, algo cambió en el ambiente. Se tensó, adquirió un espesor aún más abundante del que ya rebosaba. Nadie se dio cuenta, sólo yo (qué digo, si no había nadie más… ¿o no era así?). La pared a mis espaldas se derrumbó sin apenas hacer ruido. Solté la cerveza que llevaba entre las manos (o quizá ya había desaparecido antes) y me giré. Había un gran hueco por el que se podía ver una calle oscura, un cielo oscuro y, quizá, más lejos, alguna resplandeciente estrella. Entró al bar por el hueco un hombre (mujer o lo que fuera) envuelto en una larga túnica negra con una gran capucha sobre la cabeza cuya sombra ocultaba toda su cara. Caminaba lento, como si no hubiera prisa, como si pudiera estarle esperando por toda la eternidad (sí, lo esperaba; o, mejor dicho, no me podía escapar, estaba inmovilizado), y solemne, inmensamente solemne. Un escalofrío recorrió mi espalda ¿Sería el alcohol? Siempre había oído que hacía delirar.
Intenté hablar, pero también tenía paralizada la boca. Después de algunos instantes (siglos) de pasos lentos, llegó a mi lado por fin (¿por qué digo “por fin”? ¿Acaso lo esperaba?). Se quedó quieto delante de mí, cara con cara (misteriosamente yo había acabado de pie). Se descorrió la capucha con parsimonia (como si pudiera esperarlo eternamente). Entonces pude ver su rostro. O mejor dicho, sus ojos, ya que no pude apartar la mirada de ellos. Eran grandes, qué digo, pequeños, inmensamente grandes, inmensamente negros y eternamente profundos. Apenas los miré y supe que en ellos me esperaba una caída sin fondo. Extendió el brazo y posó su esquelética mano sobre mi cabeza. Era fría, muy fría, mucho más de lo que nunca había sentido y de lo que pudiera haber imaginado. Me tocó y todo se volvió negro (¿o fui sólo yo quien se volvía negro?). Y caí, caí, caí. Más allá de sus ojos.
Desperté a la mañana siguiente (ya hoy) con las primeras luces del alba, abandonado en un extraño callejón. Lejos, se podía oír el sordo murmullo de olas del mar aleteando contra el paseo de piedra. Me levanté de un brinco, no sé si sorprendido, traumado o alucinado aún, pero me mareé y volví a caer. Decidí esperar y simplemente me quedé sentado. Después de un rato (siglos), me levanté. Empecé a caminar, reflexionando. Acabé aún más perdido y desconcertado que antes (aunque… ¿estar perdido no es acaso una forma de encontrarse?). Tuve una idea. Volvería al bar de ayer. Volvería, pero esta vez no bebería. Quizá entonces comprendiera.
Empecé a buscar, esta calle, otra, aquella en la punta más distante de la ciudad… Me pasé todo el día buscando en cada calle y cada rincón mínimo. Anocheció de nuevo y no había encontrado el bar. Mis pies habían acabado llevándome al mar. Habían seguido el deseo no expresado de mi mente de oír de nuevo su aleteo. Me apoyé en la frágil barandilla de hierro azul del paseo, de cara al mar. Lo contemplé, hundí mi mirada en la suya. Caí, caí, caí. Por fin (¿qué digo por fin? ¿Acaso lo había estado esperando?) comprendí. Ya no existía aquel bar de anoche. Había caído conmigo en la profundidad de esos ojos negros, los del mar.
-Camarero, una cerveza, por favor –pedí en voz alta.
Recuerdo que fue la primera. La primera cerveza de aquella noche y la primera de mi vida. Siempre había rechazado el alcohol. No recuerdo qué había cambiado aquel día, ayer, esa noche. Fue la primera, la primera de muchas más.
De repente, algo cambió en el ambiente. Se tensó, adquirió un espesor aún más abundante del que ya rebosaba. Nadie se dio cuenta, sólo yo (qué digo, si no había nadie más… ¿o no era así?). La pared a mis espaldas se derrumbó sin apenas hacer ruido. Solté la cerveza que llevaba entre las manos (o quizá ya había desaparecido antes) y me giré. Había un gran hueco por el que se podía ver una calle oscura, un cielo oscuro y, quizá, más lejos, alguna resplandeciente estrella. Entró al bar por el hueco un hombre (mujer o lo que fuera) envuelto en una larga túnica negra con una gran capucha sobre la cabeza cuya sombra ocultaba toda su cara. Caminaba lento, como si no hubiera prisa, como si pudiera estarle esperando por toda la eternidad (sí, lo esperaba; o, mejor dicho, no me podía escapar, estaba inmovilizado), y solemne, inmensamente solemne. Un escalofrío recorrió mi espalda ¿Sería el alcohol? Siempre había oído que hacía delirar.
Intenté hablar, pero también tenía paralizada la boca. Después de algunos instantes (siglos) de pasos lentos, llegó a mi lado por fin (¿por qué digo “por fin”? ¿Acaso lo esperaba?). Se quedó quieto delante de mí, cara con cara (misteriosamente yo había acabado de pie). Se descorrió la capucha con parsimonia (como si pudiera esperarlo eternamente). Entonces pude ver su rostro. O mejor dicho, sus ojos, ya que no pude apartar la mirada de ellos. Eran grandes, qué digo, pequeños, inmensamente grandes, inmensamente negros y eternamente profundos. Apenas los miré y supe que en ellos me esperaba una caída sin fondo. Extendió el brazo y posó su esquelética mano sobre mi cabeza. Era fría, muy fría, mucho más de lo que nunca había sentido y de lo que pudiera haber imaginado. Me tocó y todo se volvió negro (¿o fui sólo yo quien se volvía negro?). Y caí, caí, caí. Más allá de sus ojos.
Desperté a la mañana siguiente (ya hoy) con las primeras luces del alba, abandonado en un extraño callejón. Lejos, se podía oír el sordo murmullo de olas del mar aleteando contra el paseo de piedra. Me levanté de un brinco, no sé si sorprendido, traumado o alucinado aún, pero me mareé y volví a caer. Decidí esperar y simplemente me quedé sentado. Después de un rato (siglos), me levanté. Empecé a caminar, reflexionando. Acabé aún más perdido y desconcertado que antes (aunque… ¿estar perdido no es acaso una forma de encontrarse?). Tuve una idea. Volvería al bar de ayer. Volvería, pero esta vez no bebería. Quizá entonces comprendiera.
Empecé a buscar, esta calle, otra, aquella en la punta más distante de la ciudad… Me pasé todo el día buscando en cada calle y cada rincón mínimo. Anocheció de nuevo y no había encontrado el bar. Mis pies habían acabado llevándome al mar. Habían seguido el deseo no expresado de mi mente de oír de nuevo su aleteo. Me apoyé en la frágil barandilla de hierro azul del paseo, de cara al mar. Lo contemplé, hundí mi mirada en la suya. Caí, caí, caí. Por fin (¿qué digo por fin? ¿Acaso lo había estado esperando?) comprendí. Ya no existía aquel bar de anoche. Había caído conmigo en la profundidad de esos ojos negros, los del mar.
martes, 16 de junio de 2009
¿Realidad o sueño?
Las mismas finas y rígidas láminas de múltiples colores se extendían hasta donde alcanzaba mi vista y crujían bajo mis pisadas. Varias esferas luminosas brillaban en el cielo y emitían bellos rayos de luz rojos, naranjas, amarillos, verdes, azules, añiles y violetas, que se reflejaban sobre las brillantes gotas húmedas que descansaban sobre las láminas. Las esferas siempre estaban allí, por lo que hablar de días era totalmente falso (la procedencia de dicha forma de expresar el paso del tiempo me es desconocida), por lo que lo más correcto era decir que, simplemente, pasaba el tiempo.
Yo llevaba mucho caminando. Sí, caminando, sin más, no había camino, ni zonas oscuras ni claras, solo había finas y rígidas láminas abajo que crujían bajo las pisadas y las perpetuas esferas en lo alto. Sí, supongo que os lo imaginaréis, pero lo corroboro: era muy, muy aburrido. Caminaba monótona y automáticamente, como un animal irracional, con la cabeza baja y la mirada perdida. Mis pensamientos… creo que es arriesgado decir que los tenía. Lo mismo que mis sentimientos.
Un día (o, mejor dicho, una vez), cuando ya había perdido toda esperanza de encontrar algo que no fuesen las láminas abajo y las esferas en lo alto, caminaba monótonamente cuando, de repente, choqué contra algo. Del susto caí hacia atrás. Me levanté alertado y desconcertado. Nunca había encontrado nada, ¿qué hacer ahora que lo había hecho? Me dije que primero lo mejor era observar, así que levanté la mirada.
Tal era el grado de mi ensimismamiento que ni siquiera me había dado cuenta de que hacía rato había sido cubierto por la sombras (aquí, donde siempre todo estaba iluminado), pues sobre mí se elevaban dos inmensas moles. Tardé un momento en darme cuenta de que eran seres, seres vivos, pues se movían. Este movimiento fue lo segundo que me llamó la atención en ellos (después de la altura): caminaban al mismo tiempo, siendo la pisada de uno una réplica de la del otro, solo que con pies contrarios (izquierdo o derecho). Me quedé mirando fijamente su andar durantes unos instantes, absorto ante su perfección. Lo siguiente que me llamó la atención fueron sus colores, totalmente opuestos: uno era blanco, el otro negro.
Continué andando para no perderles e intenté llamar su atención de todos los modos posibles. Sin embargo, no contestaban, parecía que no notaban que estaba allí. “Después de todo, soy minúsculo en comparación con ellos”, pensé, algo entristecido, pues parecía que iba a seguir sin encontrar compañía, compañía de verdad.
Me quedé parado, contemplando cómo se alejaban. Izquierda, derecha. Derecha, izquierda. Tan perfectos. Tan solemnes. Tan opuestamente iguales.
Los perdí en el horizonte y seguí caminando, ahora en otra dirección. Esperanzado, pues ahora sabía que no estaba solo en “esto”, avanzaba con la mirada alta y viva buscando algún otro ser. Seguí así mucho tiempo hasta que volví a caer en la monotonía y el aburrimiento, en la mirada baja y el ensimismamiento, sin encontrar a nada ni a nadie, mientras las finas y rígidas láminas de múltiples colores continuaban con su eterno crujido continuo bajo mis pies y las esferas seguían iluminándolo todo. Casi hasta echaba de menos la compañía de aquellos dos magníficos seres.
Llegó una vez (no un día), quién sabe después de tanto tiempo en este profundo estado de insensibilización, que me detuve extrañado. Cada vez lo notaba más fuerte. Aquí, allá, izquierda, derecha, arriba, debajo, delante… Ese tintineo en el silencio, esa suave magia poderosa que desde hacia mucho, sin yo saberlo, me había estado atrayendo hacia un punto fijo. Parecía que llegaba. “Por fin”, me dije, aunque tampoco sabía que esperaba encontrar como para decir eso. Desde luego, nunca podía haber imaginado lo que encontré.
Iba a dar un paso aparentemente como cualquier otro (mientras sentía la fuerza cada vez más cercana) en la eterna estepa laminada, pero mi pie no llegó a posarse. De repente, desapareció todo. Las esferas, las láminas, todo. Me encontré flotando en un vacío negro infinito. Pero me movía. Me fijé y me di cuenta de que un punto luminoso a lo lejos cada vez se hacia más grande. Me acercaba a él, o él se acercaba a mí (aunque prefiero pensar lo primero por ser lo menos irracional). Por fin llegué a su lado (o él llegó al mío). Era lo más bello que jamás haya podido ver y aunque viviera por siempre seguiría teniendo que decir lo mismo, estoy seguro. No podéis imaginarlo, pero aún así me molestaré en describirlo (inútilmente). ¿Cómo no hacerlo?
Eran grandes haces de luz, destellos de todos los colores imaginados y por imaginar, se movía como arrastrados por una leve corriente invisible que los hacía girar (aunque con órbitas totalmente imposibles de reproducir en palabras) entorno a un “algo” interno, un núcleo, un simple punto brillante en el centro. Lo más bello y aún más imposible de describir. Pensad en lo más bonito que hayáis visto en vuestra vida. Multiplicad su belleza (si es que se puede hacer tal operación) por infinito. Entonces comprenderéis a lo que me refiero.
Apenas duró este momento (que tanto me demoro en describir) un ínfimo instante. Sin embargo, siempre lo recordaré. Y, justo al final, cuando se me acercó el pequeño punto brillante. Se acercó a mi oído y susurró algo. Yo no lo entendí.
II
Vivo en un pequeño piso a las afueras de una ciudad pequeña. ¿Su nombre? Nunca me ha interesado, así que no puedo decirlo. Una ciudad cuyos edificios, al menos en la zona centro, son bastante feos (por qué negarlo), de colores grises y marrones. Quizá lo único que se salva es la bahía, donde se esmeraron algo más, aparte de estar también embellecida por el siempre brillante y oscuro mar. El clima es bastante bueno, nunca hace demasiado calor ni demasiado frío. También es bastante común estar cubierto por un triste manto gris con clara tendencia a llorar.
Ya ha pasado mucho tiempo, mucho. No, no soy tan mayor como podréis pensar por el comentario anterior, aunque, la verdad, nunca me he preocupado por mi edad, por lo que no la sé (tampoco me preguntéis por mi nombre, el caso es el mismo). Esa despreocupación por estos temas me hace volver a lo que decía antes de empezar a enrollarme, tiene su origen entonces, hace mucho tiempo, antes de que naciera. Recuerdo todos y cada uno de aquellos momentos (se podría decir que tengo una memoria prodigiosa), pero no como solemos recordar aquí. Pues “allí” (el lugar del que hablo) no había nombres, ni propios ni comunes (excepto los más simples), todo se definía por formas, texturas, olores, ruidos, colores... se dejaba a un lado todo el incómodo “mundo de los nombres”. Tampoco existían los días (aún no me he acostumbrado a ellos del todo), solo el tiempo. Por eso estas peculiares “manías” mías.
He preguntado a mucha gente si también recordaba todo lo que había sentido y “vivido” antes de nacer. Algunos me tomaban por un bromista y, o bien se reían, o bien seguían “la gracia”. Otros se limitaban a mirarme raro. Así, he decidido llamar a todo eso que recuerdo “sueños” (es tan incómodo dar nombres… solo lo hago para que me entendáis). Así se suelen llamar a las vivencias imaginarias, y he llegado a pensar que quizá lo sean, ya que nadie más las recuerda; y además nunca “en vida” he tenido lo que los demás llaman sueños, así que me parece un término adecuado. Ahora ya, después de toda esta aburrida explicación, podréis (lo que era mi objetivo desde el principio), ayudarme a responder a la pregunta:
“¿Qué es verdad, la “realidad” (después de nacer) o los “sueños”?
III
Es una sala blanca y fría que, unido al aparatoso pitido de alguna máquina cuya función desconozco, se podría calificar sin duda como incómoda. Hay demasiada luz y es un espacio muy pequeño en comparación con las grandes extensiones que a mí me gustan. Entre sábanas blancas, estirado y sin apenas moverse, en una camilla con estructura de hierro, yace un cuerpo. Bueno, no uno cualquiera, es el mío. Aunque tampoco sé que tengo de especial como para arriesgarme a decir que no soy uno cualquiera. ¿Mis “sueños”? Quizá…
De repente, algo cambia. El pitido empieza a ser cada vez más débil. “Se estarán acabando las pilas de la máquina.”, pienso sin llegar a entender mucho, “Aunque bueno, así al menos dejaré de oír el impertinente pitido”. Como si estuviera debajo del mar, me llega el amortiguado susurro de las cortinas que tapaban mi pequeño espacio (unas cortinas de un verde pálido, muy feo, la verdad). Pienso que será alguno de los niños grandes con bata blanca, guantes y mascarilla que suelen venir a visitarme (yo se lo agradezco mucho) y a contarme cosas que no entiendo. Yo sólo entiendo mis “sueños”, sin palabras, sólo formas, colores, olores, ruidos, texturas… Sin embargo, no he llegado a ver al niño de blanco, la luz penetrante se ha ido. “Por fin han comprendido lo incómodo que era”, pienso.
Ahora, ya tranquilo, vuelvo a replantearme la cuestión en la que tanto he pensado: “¿Qué es verdad, la “realidad” o los “sueños”?”. De pronto, venida como de un leve susurro incomprendido y lejano, halló la respuesta:
“No importa el nombre, ambos son lo mismo. La verdad, aunque sea mentira, es verdad si creemos en ella.”
Al fin podía descansar tranquilo. Y vivir de verdad…
Poema: "Amapolas"
Vuelan sobre el viento las amapolas desiertas.
Ríen, acompañadas por las bromas tristes
que apenas iluminan otra fría mañana.
Podrán ver los demás niños
desde las pequeñas ventanas de sus casitas
su amargo e inocente vuelo sobre el mar celeste.
Alzarán las manos
(esas rosadas manitas tiernas)
como queriendo alcanzarlas
y sus puños se cerrarán sobre el aire.
¡Aire!, gritará el vacío,
¡Nada más, aire!
Aire de amapola.
viernes, 5 de junio de 2009
Poemas surrealistas (influencia de "Poeta en New York")
I
El triunfo de las casetas ahogadas en aguas prohibidas,
de los llantos unánimes tras los filos de plata,
de la madrugada tras la crisis de ratones.
De viento en el vino y raíz sin límites
en la ahorcada alcachofa.
Los rifles centellean tras la angustia de cristal
y grita en el cielo el velo blanco abandonado
de una paloma.
Ya no hay más palabras encerradas,
atadas con una cuerda a la oscuridad inexorable
del camino y las amapolas.
Vuelven a caer grisáceos copos de asfalto
sobre la magnitud cerrada del sol verde
y mechones en las dulces aristas de las esquinas
del rumor apagado de los cuerpos secos.
II
¿No van a dormir los pájaros todos a un mismo callejón?
El azúcar habita siempre en iguales rascacielos altos
y la amargura en los bajos barrios.
Qué más da que el horizonte hable en uniforme muerto
si más negro será al alcanzar la hierba y la tierra verde.
En el frío temblor de una mariposa muerta
existe el grito de una mujer abandonada
y su niño embarazado,
existe el ángel sacrificado sobre el cuerpo del miedo
y la ausente sonrisa de la luna
que extiende su ronroneo en la perdida esquina del gato.
La playa lame la orilla de leve gris ceniza
donde los malditos se ocultan en sus calles de cartón
y vuela la espuma blanca del mar sobre abandonados sueños.
III
La fría quietud negra de la mañana se acumula
sobre el fugaz curso del río rojo.
Los secos cuerpos muertos entregan con pasión
su pequeña alma hecha añicos al diablo.
Tras el lejano cristal de perla se oculta,
asustadiza, la leve amapola gris.
En el cielo amarillento el fuego rasga el horizonte sin límites
y brinda a la muerte en una pequeña copa de vino.
Bandadas de cuervos ocultan las ácidas nubes lluviosas
y las olas de incienso empiezan a hacer estragos
en el inexorable avance del amanecer eterno.
Ya no hay peces más allá del mar.
Poemas 10
Soñaré
Soñaré. Soñaré con todos y cada uno de mis sueños
Aunque esta vasta mole de tierra, piedras y cemento
arranque al sol de su amanecer diario
y la luna se deje llevar por el halo negro del engaño
y oculte a las estrellas en aquella oscuridad infinita, la del cielo.
Aunque un rayo de luz me encierre entre su electricidad doliente
y sea un río desbordado quien me arrastre.
Y vuelen sobre el cielo pájaros negros, invisibles,
que empujen a las lágrimas a resbalar por mis mejillas.
Aunque dé un último paso al borde de un acantilado
y después yazca a sus pies, mecido por la levedad de las olas.
Aunque mi espíritu se interne en la eterna noche de la nada.
Yo seguiré soñando.
Desván olvidado
Bajé las escaleras.
(Crujían bajo mis pies,
carcomidas por las termitas,
aquellas que dibujaba de pequeño).
Encontré el desván cubierto de polvo,
apilados los recuerdos desordenados;
por aquí, por allá,
y en algún rincón el amago roto de un sueño.
Me lamento ahora. Por el desván carcomido por el tiempo.
Por los sueños que el polvo rompió y la escalera crujiente bajo
[ mis pies.
Me voy.
¿Quién no olvida cómo ser pequeño?
Lejos
Lejos...
lejos...
lejos...
Allá fueron los sueños perdidos y rotos.
Allá. Entre susurros
y murmullos de la brisa de otoño.
Lejos.
Caminando sobre la leve estela del olvido,
queriendo volar y cayendo.
Oculto entre sus alas,
el último suspiro de la muerte.
Las frías tardes de invierno
escondidas en la almohada, también fría y blanca.
Los copos de nieve deslizándose
por la ventana y su cristal huidizo.
Lejos, en el horizonte, se pierden los sueños.
Vuelan como pájaros de arena
disueltos en el viento.
Solo
Estoy solo, solo, solo. Sólo rodeado de negro. Oscuridad. ¿Una luz allá al fondo? Levanto la mano. Se desvanece el hechizo. No. Fue solo una ilusión, no hay luz ni allá ni acá...
Hace tiempo que las piernas me fallaron. Y los brazos y todas y cada una de las partes de mi cuerpo. Sólo estoy sentado. Solo. Ni siquiera sé por qué sigo aún aquí. Por qué sigo aún "con vida". Ya no oigo mi respiración ni siento los ya antes tenues latidos de mi corazón. ¡Ay, mi corazón! Donde este estaba ahora ya sólo hay un vacío más inmenso aún que el que me rodea.
No sé por qué sigo vivo. Si tan siquiera puedo soñar (ni por sólo un momento) y tener esperanzas para continuar apretando el cuchillo que, entre mis manos, atraviesa el vacío (antes un corazón enamorado). Emite un leve resplandor frío azulado. Solo, solo, solo.
Hace tiempo que las piernas me fallaron. Y los brazos y todas y cada una de las partes de mi cuerpo. Sólo estoy sentado. Solo. Ni siquiera sé por qué sigo aún aquí. Por qué sigo aún "con vida". Ya no oigo mi respiración ni siento los ya antes tenues latidos de mi corazón. ¡Ay, mi corazón! Donde este estaba ahora ya sólo hay un vacío más inmenso aún que el que me rodea.
No sé por qué sigo vivo. Si tan siquiera puedo soñar (ni por sólo un momento) y tener esperanzas para continuar apretando el cuchillo que, entre mis manos, atraviesa el vacío (antes un corazón enamorado). Emite un leve resplandor frío azulado. Solo, solo, solo.
Encerrado en la oscuridad
Abrí los ojos bruscamente, como quien despierta de una mala pesadilla, pero de poco me sirvió, pues todo estaba oscuro y seguía sin ver nada. Con los ojos bien abiertos, deshice los puños que habían formado mis manos y extendí al máximo los dedos para comenzar a palpar el suelo a mi alrededor. Era frío y húmedo. Apoyándome en las manos, me incorporé lentamente hasta quedar sentado, intentando no hacer ningún ruido, pero el roce de la piel de mis manos con el suelo emitió un desagradable ruido que me dio un buen sobresalto. Con el cuerpo ya temblando ligeramente y las pulsaciones aumentando a medida que lo hacía mi miedo, me levanté del todo.
Giré la cabeza hacia todos los lados, pero no, estaba todo oscuro aún y yo seguía sin ver nada. Di un paso tembloroso que hizo que un ligero murmullo reverberara, por lo que también deduje que cerca de mí había alguna pared. Un escalofrío recorrió mi espalda. Avancé otro paso, intentando de nuevo hacer el menor ruido posible pero sin conseguirlo, ya que temblaba tanto que me era imposible controlar la fuerza con la que pisaba. Di algún paso más, con las manos tanteando el aire que había delante de mí, sin encontrar nada. Finalmente, toqué algo. Di un leve brinco por la sorpresa, pero me tranquilizó ver que se trataba de una superficie lisa. Seguí palpando y llegué a la conclusión de que había encontrado la pared que antes había supuesto. Continué palpando la pared hacia mi izquierda y enseguida llegué a una esquina. Después otra y otra y otra y otra. Como todas eran más o menos ángulos rectos deduje que me hallaba en una habitación cuadrada (más o menos había notado la misma distancia de una esquina a otra) y que ahora me hallaba de nuevo en la primera esquina que había encontrado. Me quedé algo más tranquilo al saber la forma que tenía la habitación donde fuera que estuviese. De repente me paré a pensar y me di cuenta de que no había notado ninguna puerta, ni siquiera un leve resquicio que diera opción a una puerta secreta, todo era liso. Un escalofrío más fuerte que el anterior me recorrió la espalda de arriba abajo. Estaba encerrado.
Me dispuse a volver al centro de la habitación (que según mis cálculos es donde había empezado), mientras mis manos seguían tanteando el aire vacío. De pronto, mis manos tocaron una forma irregular. Me quedé paralizado, con los ojos muy abiertos y el corazón latiendo desbocado. Solo pude mover las manos y descubrir que la forma irregular continuaba y también, al menos esa impresión me dio, se movía. Entonces recuperé la movilidad de mi cuerpo y trastabillé hacia atrás hasta que caí sentado. Me cubrí rápidamente la cara con los brazos, cerrando los ojos y esperando lo peor. Sin embargo, después de unos segundos todo seguía oscuro, en silencio y sin que nada ocurriera. Poco a poco fui quitando los brazos de delante de la cara y me levanté. Cogí coraje y volví a donde había encontrado la forma irregular. Tanteé el aire. No había nada, lo que fuera que hubo antes había desaparecido. Los temblores que sacudían mi cuerpo se hicieron aún más fuertes.
De repente, oí el chirrido de una puerta vieja y oxidada al abrirse. “Imposible”, me dije intentando tranquilizarme, “todo sigue igual de oscuro y ya comprobé que no había ninguna puerta”. Seguí escuchando, paralizado, con la mano aún haciendo un intento fallido de encontrar algo en el aire, y oí unos pasos que se me acercaban desde en frente. Empecé a temblar aún más violentamente y a tener espasmos, siguiendo sin poder moverme mientras oía los pasos acercarse poco a poco, resonando vibrantes, hasta que finalmente se pararon cuando ya estaban a mi lado. Lo único que pude hacer fue encogerme cuanto pude y volver a esperar lo peor. Sin embargo, volvió a transcurrir el tiempo y no pasaba nada, ni se oía ya un solo murmullo. Levanté la cabeza con cuidado, con miedo y el cuerpo temblando bruscamente y miré a mi alrededor en un acto instintivo, pero de poco me sirvió, pues todo estaba demasiado oscuro como para ver nada.
De nuevo no pasaba nada, que raro. Para mi horror, volví a oír un leve murmullo. Pero esta vez no eran pasos acercándose ni el chirrido de una puerta al abrirse, esta vez era algo distinto. Siguiendo a mi intuición y mi oído, me acerqué hacia una de las paredes, descubriendo de esta forma el origen del ruido: las paredes se estaban moviendo hacia el centro, de tal forma que llegaría un momento en que me aplastasen. Llevándome las manos a la cabeza y abriendo los ojos como un loco, empujé con toda mi fuerza la pared que tenía delante, pero siguió sin ceder. Después cambie a la pared a mi izquierda. Y volví cambiar y volví a cambiar. Así sucesivamente, en un intento en vano de detener su inexorable marcha. Finalmente agotado, acudí de nuevo al centro de la habitación. Me senté, hundí la cabeza entre las rodillas y empecé a sollozar fuertemente. Sin ninguna razón aparente, de repente ceso el murmullo: las paredes se habían detenido. Dejé de llorar, sequé las lágrimas que aún quedaban por mis mejillas y levanté la cabeza, ya sin esperanzas de que esto llegara a parar en algún momento. Noté un frío contacto en mi espalda. Sin siquiera ya volverme, arrebatado por la locura, empecé a rodar por el suelo profiriendo gritos salvajes. El contacto paró durante un momento para después volver de nuevo el chirrido de la puerta y el eco de los pasos acercándose. Después el murmullo de las paredes rozando contra el frío y húmedo suelo y de nuevo el contacto frío en mi espalda. Paré de gritar, sollozar y rodar, quedando tumbado hacia arriba. Durante unos instantes no se oyó nada. De repente, estallé en una risa tan estremecedora que cualquiera con solo oírla habría enloquecido.
viernes, 22 de mayo de 2009
Cartas abandonadas
-30 Yach
Me persiguen. Ayer caminaba tan tranquilo por las cálidas calles de Mahm cuando noté algo detrás de mí. Era un grupo de varias personas, serían unas cuatro o cinco, no puedo asegurarlo ya que en cuanto notaron que los había visto corrieron detrás de mí, lanzando drags a diestro y siniestro. Corrí intentando huir, mientras esquivaba las afiladas dagas. Una pasó rozando mi costado derecho. Fue una suerte que no me diera, pues, como sabréis, su veneno es mortífero. Me pregunto quién o quiénes y por qué tendrán tanto interés en mí, un simple viandante, como para venir con semejantes armas. Desde luego, han de ser seres poderosos como para desperdiciar tirando un armamento tan codiciado por tantos otros.
Y aquí me encuentro, en esta cueva no muy lejos de Mahm, algo después de pasar el río Llel. Para llegar aquí tuve que correr a más no poder entre el denso bosque que hay poco después de la salida oeste de la ciudad, donde conseguí perderlos. Tengo miedo. No puedo dormir mucho tiempo seguido sin que despierte sobresaltado creyendo oír en el silencio de la noche sus pasos acercándose. La verdad, es una tontería, son extremadamente silenciosos y si se lo propusieran podrían estar a mi lado sin que me enterara. Ahora que lo pienso, creo que he permanecido demasiado tiempo oculto en esta cueva, si sigo así me encontrarán. Me voy.
-25 Yach
Había supuesto bien. Según salí de la cueva los oí no muy lejos, hablando en su extraño dialecto siseante. Es una suerte que no hablen mi idioma, así no entenderán mis cartas y puedo descargar tensión escribiendo, siempre es un buen método –no me importa saber que posiblemente nadie vaya a leerlas-. Como decía, los oí no muy lejos al salir de la cueva, por lo que me alejé rápidamente corriendo, intentando hacer el menor ruido posible. Lamentablemente, sus oídos son muy finos y el apenas audible susurro de mis apresurados pasos no les pasó inadvertido. Emprendieron mi persecución alocadamente de nuevo. Por lo menos esta vez no me tiraban drags, pues hasta su pequeño cerebro comprendió que estaban demasiado lejos. Digo “pequeño cerebro” hablando en general de ellos -creo conocerlos-, pero me temo que sí que hay alguien más astuto dirigiéndolos, pues sino no me hubieran podido perseguir con tanta precisión. Además, cuando intenté tantear sus mentes –que, ahora sé, son 6-, había uno que tenía una firme barrera que no me permitió averiguar nada sobre él.
Tras dejar ya muy atrás Mahm en estos 5 días que han pasado, mi carrera me llevo hasta el Valle de la Fuente Roja, donde ahora mismo me encuentro, escondido entre unos arbustos cercanos a un riachuelo cuyo nombre no sé, aunque tampoco es de extrañar, ya que es tan pequeño que solo lleva agua cuando llueve abundantemente y posiblemente ni siquiera se encuentre en la mayoría de los mapas de Rihr, ni siquiera en los de esta región, de Lohg. También no muy lejos de aquí vislumbré una cueva, pero creo que lo más sensato es dejarme de cuevas al menos de momento, ya que sería demasiado predecible para mis perseguidores que me volviera a esconder en una de ellas –además añadiendo que es el lugar propicio para esconderse-. Además, hay un montón de animalillos cerca de mi actual escondite, todos ellos fáciles de cazar. Incluso he encontrado un riuk –ahora mismo según escribo estoy acabando de comerlo-, y ya es raro encontrarlos, con lo sabrosos que son y lo poco que les sirven sus atrofiadas e inútiles alas para correr y escapar de los depredadores. Ahora más que nunca, me he dado cuenta de que tiene un sabor exquisito. Y bueno, creo que me voy a ir de aquí, ya he pasado suficiente tiempo para descansar y cuanto antes ponga tierra de por medio entre ellos y yo mejor.
-15 Yach
Es increíble. Cada vez me cuesta más dejarlos atrás. Me han estado persiguiendo 10 días seguidos, sin dejarme apenas parar para recuperar el aliento. Creo que su jefe ha estado indagando en mi mente sin que lo supiera –mientras yo estaba demasiado ocupado pensando en perderlos-, van comprendiendo mejor mis formas de escapar y se anticipan a mis movimientos. Es horroroso. Eso sí, no todo es malo. Intenté perderlos, tras recorrer el Valle de la Fuente Roja hacia el norte –trayecto durante el cual encontré y disfruté de otro riuk-, en los empinados y estrechos senderos de las Montañas Escarpadas, donde un viajero con poco cuidado o equilibrio puede caer fácilmente al fondo de la profunda Falla del Infierno. Aunque no conseguí perderlos a todos, a dos sí, y para siempre, ya que los confundí con la mente haciéndoles creer que había una empinada pero posible bajada a un lado de un sendero y que por ahí había bajado, haciendo que intentaran bajar y, como no había bajada posible, se precipitaran hasta el fondo. Dos menos.
Después recorrimos la parte sur de la región de Uhk, sorteando sus enormes lagos de agua verde, ahora también helados, pareciendo inmensas esmeraldas. Ahora estoy perdido entre los árboles de hojas rojas del Bosque Sangrante. Cada vez tengo menos esperanzas ya de perder a mis perseguidores.
Voy a intentar salir de este infierno vegetal rojo.
-5 Yach
Sigo vivo, aunque cada vez están más cerca de atraparme, no sé cómo lo hace pero el jefe cada vez parece más poderoso y adivina mejor mis movimientos. Eso sí, ya solo le quedan dos súbditos, he conseguido acabar con otro. Sin embargo, me temo que aunque acabara con los otros dos seguiría pudiendo conmigo. No sé donde me encuentro, pero poco importa esto, simplemente voy a donde la intuición me lleva –aunque sospecho que esta me está fallando-. Ya solo quedan 5 días para que acabe el año. Casi me avergüenzo de decir que tengo esperanzas de que –de alguna forma mágica e imposible- todo cambie en este nuevo año. Zihn, que tan cercano estás; por favor, tienes que ser mi año de suerte.
Creo que se acercan. La persecución continúa. Me empiezo a cansar de este juego…
-999 Zihn
Apenas pude escapar el otro día milagrosamente por favor divino. Si no estuviera ya completamente desesperado empezaría a creer en algún dios que me pudiese ayudar. No podéis imaginar el poder del Jefe. Ahora ya no me cabe ninguna duda, cada día aumenta. Quizá Él sí sea un dios. No encuentro otra posible explicación. Cada día que paso en este mundo es una completa hazaña. Dudo que muchos seres pudieran haber conseguido lo que yo he hecho.
Cada vez me pierdo más, nunca había estado tan lejos de mi querida ciudad natal, Mahm. Esto también disminuye mi moral, ya son cientos, miles o quién sabe cuantos gongs lo que me separan de ella. He recorrido valles, montañas, bosques, grandes ríos, pequeños riachuelos… y ahora he llegado a un desierto. Desierto, precisamente así me encuentro yo, mis fuerzas flaquean, hace tiempo que no como ni bebo, no me quedan siquiera ganas de dar un solo paso más. Simplemente estoy tendido en la arena. Escribiendo lo que creo que va a ser mi última carta –y por una vez en estos últimos tiempos mi intuición no va a fallar-.
Un momento. Acabo de oír algo. Sí, son pasos. Dos personas. Ellos –ya solo le queda un súbdito, se me olvidó decirlo, aunque tampoco importa, una ínfima parte de Él se bastaría para acabar conmigo, aún más ahora-. Me han visto. Se acercan. Pero esta vez no voy a escapar. No. No tengo ganas ni fuerzas ya. Esperaré. Esperaré a que lleguen. Sí, ya están cerca. Cada ve queda menos para mi salvación. Para acabar con este tormento. Apenas les quedan unos pocos pasos. Ahora sí tengo esperanzas. Enseguida podré ser libre y volar hacia aquel horizonte anaranjado donde el sol se pone, como si fuera un pequeño alin con sus bellas alitas pálidas al viento.
martes, 7 de abril de 2009
Poemas 9
Silencio
Llega con la noche la blanca melodía del silencio.
Un suave murmullo mudo e indefinido.
La certeza de que nadie sabe lo que sabe.
No hay palabras para explicarlo.
Nunca pasa nada, pues solo hay silencio.
Nunca vuelan los pájaros, nunca huelen las flores.
Nunca. Solo la blanca y triste melodía en la noche.
Los rayos de sol no lo atraviesan (huyen).
Las diminutas hormigas lo evitan y se mudan
a sus refugios de polvo subterráneo.
Solo las lágrimas y lo oscuro acuden a su encuentro.
Buscadlo, amigos míos. Lo podréis encontrar
en un rincón frío o en un mar oscuro al atardecer.
En la suave brisa y la calma de un bosque tenebroso.
Lo podréis encontrar con palabras mudas, vacías,
en la noche que envuelve al cementerio.
Dejad que os inunde como una corriente de agua fresca,
rejuvenecedora. Dejad que los recuerdos con dolor y lágrimas
inunden vuestra mente. Aprenderéis entonces a olvidar.
Y amaréis el silencio.
Si vuelo...
Si grito, derramad mis chillidos en un tarro de cristal,
en un desierto, para cuando caiga poder observarlos, mudos y
[sedientos.
Si canto, derramad mi voz sobre la calle solitaria,
para que los paseantes, melancólicos, comprendan, al fin
[aliviados.
Si río, silenciadme con una grave nota de piano,
para que los pájaros no aleteen y huyan, furiosos.
Si miro, mirad conmigo y observad en la noche el cielo,
para que las estrellas, intimidadas, se sonrojen y se oculten
[a nuestra mirada.
Si camino, no sigáis mis huellas hasta el fin del mundo,
no ardáis conmigo en penas, desamores, lágrimas y muertes.
Si vuelo, olvidad bajo vuestra sombra mi alma triste al viento,
y sonreiréis, viendo alegres y armoniosas vuestras vidas.
Si escribo, no leáis mis palabras, ni seáis víctimas del engaño
de las fantasiosas letras con las que un inocente niño conquistará
[el mundo.
Si amo, envidiad a mi amada entre mis brazos y mis besos,
envidiadla a ella, bella y misteriosa, la única perfección
[del mundo.
Y si lloro, llorad conmigo, amigos, venid y seguidme...
por los senderos del olvido.
(Cuando calle, llamadme a cabalgar con vosotros, espíritus
[de la noche,
y escuchemos, con el viento en nuestros oídos, las palabras,
blancas, puras y místicas, del desamparado silencio.)
Sueño
Ruido de motores con la llegada de avión.
Los pasajeros bajan, equipaje en mano.
Cada uno busca a sus respectivos familiares, amigos.
Pero él no, él busca a alguien especial.
Mira hacia todos los lados, con el corazón fuertemente
apretado contra el pecho. Al fin la encuentra.
Se ven. Una sonrisa aparece en sus caras.
Ya no hay aeropuerto, ni pasajeros, ni equipaje en mano.
Se enlazan en un abrazo.
Parece que el tiempo para, pues es una eternidad
lo que están abrazados. Pero al fin se separan.
Posan sus miradas, intensas, en los ojos del otro
durante un largo segundo. Al fin, reaccionan y se acercan
sus labios a encontrarse. Un instante mágico.
Y siguen olvidando el aeropuerto y los pasajeros,
equipaje aún en mano.
Despierta. Su manos agarran fuertemente las sábanas.
Y su boca la almohada. Pero ella no está.
Tampoco hay aeropuerto ni pasajeros (ahora los recuerda).
Solo fue un sueño.
Se incorpora, mira a su alrededor: habitación vacía.
Una luz grisácea entra por la ventana. Y la lluvia repiquetea.
Sale de la cama, descorre la cortina y mira a través del cristal.
Observa la madrugada muda y el cielo oscuro y lloroso.
En el horizonte (allá lejos), un pájaro de arena se hace polvo
y se diluye en el viento. El viento nostálgico
que arrastra el amargo perfume del recuerdo
y el ácido sabor de una lágrima.
Más allá del horizonte, solo un parque olvidado. Solo.
Las murallas de cristal
Llaman mis labios a tus puertas de cristal,
entre el triste y blanco paisaje helado,
mi voz se pierde en el eco
de las inmensas murallas del palacio.
Tu respondes, tras los candelabros grises
y la voz metalizada de un telefono,
palabras efímeras que el viento pierde
y el tiempo engaña.
Nos miramos fijamente a los ojos,
con la mirada prendida de las manos empuñadas,
mientras nuestros ojos tiemblan de angustia
y una lágrima triste cae por nuestra mejilla.
Entre sábanas blancas temblamos esperando
la llegada del amado por la ventana,
que se filtrase entre los gruesos barrotes
de nuestra celda de cristal.
Arañamos las murallas con nuestras uñas,
y a dentelladas, hasta que boca, dedos
y cuerpo se convierten en polvo de arena
sobre la nieve escarlata.
Y entonces, solo entonces, el castillo invisible
se evapora y asciende entre las nubes
(y juega con nuestros sueños de cristal).
Y quedan ya libres de encontrarse nuestros cuerpos muertos.
Un tronco hueco
Era un tronco, un simple tronco herido, caído,
sobre la hierba verde cubierta de nieve.
¿Quién hablará de él cuando en polvo se convierta?
Nadie... quizá tan sólo aquel pájaro
que sobre él posó en busca de su presa.
Aquellas hormigas orgullosas de cruzarlo
con sus diminutas patitas negras.
Los ratoncillos que encontraron en su interior hueco
un refugio contra el invencible enemigo de la lluvia.
Un anciano que sentó a ver jugar a los niños
sobre la hierba, o estos mismos que hicieron del tronco
parte de sus cálidos juegos.
Un solitario joven que acudió a llorar en silencio.
¿Por qué iba a recordarlos el pobre tronco,
a todos ellos, hendido por un rayo,
y convertido en polvo y en nada su recuerdo?
Si ellos también lo olvidarán (si es que alguna vez lo recordaron).
No... quizá tan solo aquella pareja de enamorados
que, solos en el parque del tronco hueco,
rozan por primera vez sus labios.
Palabras... solo palabras
Quisiera llorar palabras para escribir lo que siento,
diluir las amargas gotas de tinta y el frío papel blanco
entre un par de lágrimas melancólicas.
Pero no, no hay tales palabras (lágrimas),
ni tampoco puedo gritar, pues la hoja perdería mis gritos,
rebotados contra su fresca pureza blanca.
No hay tales lágrimas.
Entonces, me pregunto por qué hablo y por qué escribo
(o por qué las palabras no hacen lo que les ordeno).
Tengo que buscar, entonces, tras el cristal de la ventana.
Busco y encuentro las frágiles gotas de agua,
los áridos copos de nieve, la arena húmeda del desierto.
Y el silencio, escondido en el fondo.
Entonces comprendo. ¿Qué comprendo?
El impotente silencio de las palabras.
Pronto
Pronto volveré a sentir tu mirada profunda y fija en mis ojos.
Pronto te veré a lo lejos, en la calle, y acudiré a tus brazos.
Los sueños ya no serán sueños rotos ni mentiras,
serán verdades y la verdad ya solo serán sueños,
olvidados por otros mejores, pronto.
Pronto no deberá esperarnos más nuestro parque melancólico,
una luz lo iluminará, azul, a reflejo de un cielo sin nubes.
La hierba marchita reverdecerá para que las ardillas correteen
y los pájaros volverán a cantar en las floridas copas
[de los árboles.
Ya no habrá cemento artificial humano alrededor del parque,
solo verde, verde, verde. Brillante. Sólo nosotros solos. Sólo.
Y besos de amor alrededor nuestro.
Relatos cortos
I - Desamor
La calle era oscura y estrecha. No muy lejos trazaba una esquina y se perdía a mi vista. La esquina por la que acababa de perderse el último fragmento de ella.
Me encogí sobre mí mismo, sentado en el suelo, y enterré la cabeza entre mis rodillas. Intenté parar las lágrimas, pero fue como si hubiera intentado detener un maremoto con un simple palo de madera. Frágil, se partió en mil pedazos antes de que quisiera darme cuenta. Los recuerdos volaron rápidos por mi mente. Todos los momentos, los instantes a su lado. Los abrazos, las sonrisas. Las miradas, los besos. Los "te quiero". Todos. Perdidos. ¿Serán alguna vez olvidados? "No...", dice una vocecilla en mi interior (¿será el corazón?), "solo hay un amor verdadero en cada vida, solo, y el mío acaba de irse por esta calle resbalando sobre la esquina. Y lo peor: sin mirar atrás."
No, ya no hay vuelta atrás, las lágrimas ya forman un charco en el suelo y no, ya no hay vuelta atrás. Todos estos sueños rotos... ¿qué son ya sino mentiras? Ahora, por fin (¡ya tarde!), comprendo... solo hay un sueño verdadero... el que nunca acaba. Aquel pájaro que trinó en nuestro corazón ha muerto, y ahora huye. Quizá deba hacer lo mismo. Quizá deba huir y no volver. Y volver a huir... Huir a aquel sueño que, ahora sé, siempre he estado buscando, aquel sueño oscuro y desierto, vacío, donde yo (ahora ya nada) pueda serlo todo. Aquella melodía muda que siempre creí oír de fondo. En el fondo de nada. Un sueño de verdad...
Vuelve a mis ojos el charco de lágrimas en el suelo. Miro a mi alrededor. La calle, oscura y vacía (melancólica). El cielo, plomizo, comienza a descargar su llanto. Mis lágrimas se entremezclan con la lluvia en una combinación odiosa (de amor).
Voy distanciándome poco a poco de la calle. El silencio se va amortigüando hasta también desaparecer. Y la lluvia. La oscuridad penetrante acaba de envolverme con su frío manto. Por fin, un sueño de verdad... Ya nada queda, nada soy, solo queda tiempo de dedicarle dos palabras en este último instante... Te quiero.
II - Los Guardianes
Los Guardianes esperaban la llegada del rey de Augsbech. Todos los preparativos estaban hechos: estandartes, tapices, habitaciones, mesas, banquete... no faltaba nada. Sin embargo, el Rey seguí sin venir. A decir verdad, hacía mucho tiempo que debía haber llegado. Tanto que los Guardianes ya habían perdido la cuenta y, uno a uno, pronto fueron muriendo (a pesar de la larga vida de la que disponían). Pero sus cuerpos quedaban sin más, inertes y fríos, sin caer y sin moverse, como si esperasen aún después de muertos.
"Qué triste vida", pensó una mariposa al llevarle su vuelo cerca de los Guardianes, "la de las estatuas. Esperan, sin saber cuánto ni cuándo ni por qué, simplemente esperan. Por siempre... y por nunca".
III -Extraterrestres
Recientemente, llegaron unos extraterrestres. Nadie se alarmó, no tenían nada de especial. Bueno, quizá sí: eran de otro color (verdes, rojos, violetas, amarillos, azules... en fin, cualquiera menos blanco). Por ello los discriminaban. Decían que solo era lo puro es bueno, lo de aquí (¿por qué puro lo de aquí?), y que solo hacía falta mirarles a la piel para ver que venían de otro planeta. Les daban los trabajos más duros, pero nadie protestaba. Y lo peor, interminables años de papeleo. A los que no lo hacían, se les mandaba de vuelta a su planeta en el medio más barato que se encontrara. Como si se perdían por el camino, ¿qué más daba? ¿Acaso iban a quejarse? Ellos, encima de que se les había dado la oportunidad de estar con los buenos, los verdaderos...
IV - Su cuchillo azulado
Corría por un bosque ensangrentado (no sé de quién sería la sangre), iluminado por la pálida y temblorosa luz de la luna. Sus pasos me seguían, retumbantes en la oscura noche que no envolvía todo. Pretendía huir, dejarla atrás, a ella y su cuchillo azulado. Y corría, corría, corría. Por el bosque ensangrentado.
Pronto pensé que había escapado. Me paré en un claro, resoplé por el esfuerzo y, después de recobrar el aliento, grité, entusiasmado. Me había costado, pero lo había conseguido, al fin. Un destello azulado, el frío que empezó a subir por mi pierna y salí de mi error. Por fin comprendí que nunca escapaba uno sino de sí mismo. Al mismo tiempo, la vida escapaba como volutas de humo por el aire desde mi corazón. Caí, y mi cuerpo quedó tendido sobre la hierba, bocabajo, pálido y frío, azulado a la luz de la luna.
La calle era oscura y estrecha. No muy lejos trazaba una esquina y se perdía a mi vista. La esquina por la que acababa de perderse el último fragmento de ella.
Me encogí sobre mí mismo, sentado en el suelo, y enterré la cabeza entre mis rodillas. Intenté parar las lágrimas, pero fue como si hubiera intentado detener un maremoto con un simple palo de madera. Frágil, se partió en mil pedazos antes de que quisiera darme cuenta. Los recuerdos volaron rápidos por mi mente. Todos los momentos, los instantes a su lado. Los abrazos, las sonrisas. Las miradas, los besos. Los "te quiero". Todos. Perdidos. ¿Serán alguna vez olvidados? "No...", dice una vocecilla en mi interior (¿será el corazón?), "solo hay un amor verdadero en cada vida, solo, y el mío acaba de irse por esta calle resbalando sobre la esquina. Y lo peor: sin mirar atrás."
No, ya no hay vuelta atrás, las lágrimas ya forman un charco en el suelo y no, ya no hay vuelta atrás. Todos estos sueños rotos... ¿qué son ya sino mentiras? Ahora, por fin (¡ya tarde!), comprendo... solo hay un sueño verdadero... el que nunca acaba. Aquel pájaro que trinó en nuestro corazón ha muerto, y ahora huye. Quizá deba hacer lo mismo. Quizá deba huir y no volver. Y volver a huir... Huir a aquel sueño que, ahora sé, siempre he estado buscando, aquel sueño oscuro y desierto, vacío, donde yo (ahora ya nada) pueda serlo todo. Aquella melodía muda que siempre creí oír de fondo. En el fondo de nada. Un sueño de verdad...
Vuelve a mis ojos el charco de lágrimas en el suelo. Miro a mi alrededor. La calle, oscura y vacía (melancólica). El cielo, plomizo, comienza a descargar su llanto. Mis lágrimas se entremezclan con la lluvia en una combinación odiosa (de amor).
Voy distanciándome poco a poco de la calle. El silencio se va amortigüando hasta también desaparecer. Y la lluvia. La oscuridad penetrante acaba de envolverme con su frío manto. Por fin, un sueño de verdad... Ya nada queda, nada soy, solo queda tiempo de dedicarle dos palabras en este último instante... Te quiero.
II - Los Guardianes
Los Guardianes esperaban la llegada del rey de Augsbech. Todos los preparativos estaban hechos: estandartes, tapices, habitaciones, mesas, banquete... no faltaba nada. Sin embargo, el Rey seguí sin venir. A decir verdad, hacía mucho tiempo que debía haber llegado. Tanto que los Guardianes ya habían perdido la cuenta y, uno a uno, pronto fueron muriendo (a pesar de la larga vida de la que disponían). Pero sus cuerpos quedaban sin más, inertes y fríos, sin caer y sin moverse, como si esperasen aún después de muertos.
"Qué triste vida", pensó una mariposa al llevarle su vuelo cerca de los Guardianes, "la de las estatuas. Esperan, sin saber cuánto ni cuándo ni por qué, simplemente esperan. Por siempre... y por nunca".
III -Extraterrestres
Recientemente, llegaron unos extraterrestres. Nadie se alarmó, no tenían nada de especial. Bueno, quizá sí: eran de otro color (verdes, rojos, violetas, amarillos, azules... en fin, cualquiera menos blanco). Por ello los discriminaban. Decían que solo era lo puro es bueno, lo de aquí (¿por qué puro lo de aquí?), y que solo hacía falta mirarles a la piel para ver que venían de otro planeta. Les daban los trabajos más duros, pero nadie protestaba. Y lo peor, interminables años de papeleo. A los que no lo hacían, se les mandaba de vuelta a su planeta en el medio más barato que se encontrara. Como si se perdían por el camino, ¿qué más daba? ¿Acaso iban a quejarse? Ellos, encima de que se les había dado la oportunidad de estar con los buenos, los verdaderos...
IV - Su cuchillo azulado
Corría por un bosque ensangrentado (no sé de quién sería la sangre), iluminado por la pálida y temblorosa luz de la luna. Sus pasos me seguían, retumbantes en la oscura noche que no envolvía todo. Pretendía huir, dejarla atrás, a ella y su cuchillo azulado. Y corría, corría, corría. Por el bosque ensangrentado.
Pronto pensé que había escapado. Me paré en un claro, resoplé por el esfuerzo y, después de recobrar el aliento, grité, entusiasmado. Me había costado, pero lo había conseguido, al fin. Un destello azulado, el frío que empezó a subir por mi pierna y salí de mi error. Por fin comprendí que nunca escapaba uno sino de sí mismo. Al mismo tiempo, la vida escapaba como volutas de humo por el aire desde mi corazón. Caí, y mi cuerpo quedó tendido sobre la hierba, bocabajo, pálido y frío, azulado a la luz de la luna.
jueves, 19 de marzo de 2009
Poemas 8
El aula
El sol reverberaba a través de los cristales,
cayendo cálido sobre la madera gris
y proyectando sus sombras sobre los cuerpos,
tristes, que algún día volarán al viento.
El aula estaba llena de una voz
que trataba de sacar a los frágiles cuerpos
de sus sueños con palabras serias y números.
Las sucias lámparas y la pobre calefacción
pasaban desapercibidas en su tristeza muda,
emitiendo relámpagos de oscuridad y frío.
La vieja y antes blanca pared se elevaba,
en apariencia fuerte, llena de manchas grises,
y gemía, también triste, sola y melancólica,
la inmensidad que envolvía a los sombreados cuerpos.
Solo había vida en un rincón apartado,
un rincón donde un despistado alumno, sin atender,
dejaba volar los sueños en su mano,
escapándose en volutas de humo y suspiros
por los cristales plácidos, abiertos,
y los rayos de sol, resplandeciente en lo alto.
El pájaro muerto
Distribuyen los rayos tormentas por doquier
sobre la hierba de una vida triste.
Los labios lloran palabras de amor, ya sin sentido,
silenciadas por las ardientes lágrimas
de aquel beso que nunca llegará a estallar.
Puede que una rueda gire en el parque,
silenciosa, melancólica, y sin pararse.
Para esperarnos por siempre. Por nunca.
La tumba del pájaro yace sobre la hierba,
seca, y sobre el mar, oscuro.
Quién pudiera haber gritado un susurro
en nuestros oídos, y decirnos que no hay
sueño sino mentira, que no hay cristal sino lluvia.
La bandada seguirá con su caminar ruidoso sobre el viento,
sin darse cuenta de la pérdida, ínfima, de dos individuos.
Tampoco escucharán los susurros de amor.
Se los llevará el viento.
Y ya no habrá truenos, ni luces (ni tampoco oscuro).
Ni lluvia tras los cristales (ni ventana).
Ni lágrimas. Ni parque. Ni sueño. Ni mentira.
Ya no habrá viento que se lleve los susurros,
pero ellos tampoco estarán. El amor será perdido (imposible).
Ni gota de agua, vacía y sin vida.
La rueda parará, pero ya no tendrá importancia.
El pájaro seguirá muerto.
El avión vacío
La triste plaza yace, vacía, en un viernes caluroso.
Miro por la ventana. Rayos de sol reflejados en los coches.
La hierba mecida suavemente por la brisa,
como el mar, aquel mar del horizonte,
lejano, perdido, con sus olas.
Verde parque con sus agujas de pino,
bordeado por franjas oscuras, artificiales.
(Qué bella la naturaleza, qué amargas las calles).
El cielo se eleva inmensamente azul, sin nubes,
tras el largo y duro invierno, frío.
Las minúsculas patitas de las hormigas van
de un lado a otro, vibrantes, sin hacer ruido.
Se esconden en su hermoso mundo subterráneo
para huir de la humanidad, fría y desierta.
Pero eso no es lo que quería contar.
Dejad atrás las hormigas, la hierba, el cielo.
El sol (que me ilumina a través de la ventana).
Los pálidos reflejos que esbozan los coches aparcados.
Eso no es lo importante. Solo son trocitos de mundo. De realidad.
Lo importante es este parque nostálgico.
El que veo por la ventana. Melancólico, en el que me siento.
En un banco. Tan diferente del nuestro. El soñado.
El lejano. El que no puedo ver. Ni oler. Ni sentir.
Ni tan solo soñar.
Un avión llega ahora mismo. Vacío. Un pasajero menos.
El sol reverberaba a través de los cristales,
cayendo cálido sobre la madera gris
y proyectando sus sombras sobre los cuerpos,
tristes, que algún día volarán al viento.
El aula estaba llena de una voz
que trataba de sacar a los frágiles cuerpos
de sus sueños con palabras serias y números.
Las sucias lámparas y la pobre calefacción
pasaban desapercibidas en su tristeza muda,
emitiendo relámpagos de oscuridad y frío.
La vieja y antes blanca pared se elevaba,
en apariencia fuerte, llena de manchas grises,
y gemía, también triste, sola y melancólica,
la inmensidad que envolvía a los sombreados cuerpos.
Solo había vida en un rincón apartado,
un rincón donde un despistado alumno, sin atender,
dejaba volar los sueños en su mano,
escapándose en volutas de humo y suspiros
por los cristales plácidos, abiertos,
y los rayos de sol, resplandeciente en lo alto.
El pájaro muerto
Distribuyen los rayos tormentas por doquier
sobre la hierba de una vida triste.
Los labios lloran palabras de amor, ya sin sentido,
silenciadas por las ardientes lágrimas
de aquel beso que nunca llegará a estallar.
Puede que una rueda gire en el parque,
silenciosa, melancólica, y sin pararse.
Para esperarnos por siempre. Por nunca.
La tumba del pájaro yace sobre la hierba,
seca, y sobre el mar, oscuro.
Quién pudiera haber gritado un susurro
en nuestros oídos, y decirnos que no hay
sueño sino mentira, que no hay cristal sino lluvia.
La bandada seguirá con su caminar ruidoso sobre el viento,
sin darse cuenta de la pérdida, ínfima, de dos individuos.
Tampoco escucharán los susurros de amor.
Se los llevará el viento.
Y ya no habrá truenos, ni luces (ni tampoco oscuro).
Ni lluvia tras los cristales (ni ventana).
Ni lágrimas. Ni parque. Ni sueño. Ni mentira.
Ya no habrá viento que se lleve los susurros,
pero ellos tampoco estarán. El amor será perdido (imposible).
Ni gota de agua, vacía y sin vida.
La rueda parará, pero ya no tendrá importancia.
El pájaro seguirá muerto.
El avión vacío
La triste plaza yace, vacía, en un viernes caluroso.
Miro por la ventana. Rayos de sol reflejados en los coches.
La hierba mecida suavemente por la brisa,
como el mar, aquel mar del horizonte,
lejano, perdido, con sus olas.
Verde parque con sus agujas de pino,
bordeado por franjas oscuras, artificiales.
(Qué bella la naturaleza, qué amargas las calles).
El cielo se eleva inmensamente azul, sin nubes,
tras el largo y duro invierno, frío.
Las minúsculas patitas de las hormigas van
de un lado a otro, vibrantes, sin hacer ruido.
Se esconden en su hermoso mundo subterráneo
para huir de la humanidad, fría y desierta.
Pero eso no es lo que quería contar.
Dejad atrás las hormigas, la hierba, el cielo.
El sol (que me ilumina a través de la ventana).
Los pálidos reflejos que esbozan los coches aparcados.
Eso no es lo importante. Solo son trocitos de mundo. De realidad.
Lo importante es este parque nostálgico.
El que veo por la ventana. Melancólico, en el que me siento.
En un banco. Tan diferente del nuestro. El soñado.
El lejano. El que no puedo ver. Ni oler. Ni sentir.
Ni tan solo soñar.
Un avión llega ahora mismo. Vacío. Un pasajero menos.
sábado, 14 de marzo de 2009
Diálogo de besugos
(Dos hombres iguales se encuentran caminando, literalmente, por un río).
Hombre 1: -Hola, te llamas Mario.
Hombre 2: -¡Oh! Yo también, encantado.
H1: -Hace mucho que no venía por una calle tan húmeda.
H2: -¡Oh! Sí, parece que va a llover.
H1: No, ayer ya hice carne para comer, vas a tener que esperar al menos hasta mañana.
(El cielo azul se elevaba sobre ellos, sin nubes, y con un sol resplandeciente que hizo brillar el reloj del segundo hombre, el cual tenía puesto al revés)
H2: -¡Oh! Creo que he visto brillar algo dorado. ¡Quizá haya oro en esta calle!
H1: -Me gusta mucho tu reloj, tiene los números al revés, es muy original.
H2: -¡Oh! Arte histórico, ya sabes, como ese de los relojes derretidos, no sé si era Leonardo Da Vinci o Di Caprio.
H1: -No, Di Caprio fue el que escribió "La Gioconda". ¡Anda! ¿Estuvo ella aquí?
H2: ¡Oh! ¡Sí, seremos famosos! Todos los que pisan una piedra por primera vez lo son.
(Ambos esbozan una ilusionada e inocente sonrisa, como la de un niño al recibir una piruleta).
H1: -Pero no estamos pisando una piedra, estamos pisando esta calle húmeda. Que, por cierto, es demasiado larga y sigo sin ver ningún edificio, solo el parque este por todos lados.
(Se quedan un momento los dos parados, pensando. De repente, el primero sale corriendo hacia el borde del río y pisa una piedra).
H1: -¡Ahora sí que seré famoso! ¡Pero yo y solo yo! ¡Muajajajaja! (risa de psicópata).
H2: -¡Oh! ¡Serás...! ¡Ahora te enterarás!
(Se tira a por él, pero falla, cayendo al suelo.)
H1: -¡Olé! Como una vez le dije a un ácaro: ¡esta vez tú muerdes el polvo!
H2: -¡Oh! ¡Qué chiste más malo!
(Ambos empiezan a reir a carcajadas y el segundo también cae al suelo por la risa. Después de un rato, se levantan y siguen caminando).
H1: -¿Qué dura es la vida, verdad?
H2: -¡Oh! Sí, parece que te vas a encontrar una piedra y al final son dos.
H1: -Y luego nos hacemos famosos. Bueno, no, ¡me hago famoso! ¡Muajajajaja! (Risa de psicópata de nuevo).
H2: -¡Oh! ¡Serás...! ¡Ahora te enterarás!
(Se tira a por él de nuevo y esta vez sí acierta y caen ambos al suelo).
H2: -¡Oh! Como yo le digo a un hombre que me he encontrado poco antes de que lloviera: la vida son tortitas de maíz, mi querido pardillo.
H1: -¡Qué gran frase!
(Ambos empiezan a reír de nuevo a carcajadas. Después de un rato, se levantan, empapados, y siguen caminando).
H1: -Noto un cosquilleo entre la ropa.
(Un pececillo resbala por su camiseta y cae de nuevo al río).
H2: -¡Oh! Será el cambio climático, he escuchado que es muy malo.
H1: -¡Y la crisis! Dicen que hay que apretarse el cinturón, yo ya tengo unas marcas...
H2: -¡Oh! Bueno, volviendo al tema, ¿por qué venías por aquí?
H1: -Pues nada, acababa de tomarme un helado, oí unos pájaros y decidí venirme por aquí a ver una obra de teatro.
H2: -¡Oh! Parecido que yo: acabo de ver una obra de tratro, oí unos pájaros y decidí venirme por aquí a tomar un helado, antes de que llegue la tormenta y se derrita.
H1 (Pensativo) : -Sí, hace mucho que no oigo ningún pájaro.
H2: -¡Oh! Nunca te bañarás tres veces en las mismas aguas de un río. A la tercera va la vencida: te ahogarás.
H1: -Nunca digas nunca, pues si siempre dices siempre, siempre podrás decir nunca lo que dices siempre. Aunque siempre todo el mundo dirá que nunca dices siempre lo que a veces dices nunca.
H2: -¡Oh! Interesante conclusión. Yo no te puedo no decir lo que no es verdad, por lo que no te diré que no has dicho nada con lo que no pueda no estar en desacuerdo contigo.
H1: -Tienes razón, como bien decía yo: la vida es una caja de tortitas de maíz donde para ser famoso solo hace falta tomar un helado en una calle húmeda, ir a ver una obra de teatro en la que no se oyen pájaros, morder polvo en los ácaros o escribir "El Partenón", como la Gioconda. O también ver fantasmas.
H2: -¡Oh! ¿Sabes? Yo creo en los fantasmas. Y los veo. Es más, creo que hasta te estoy viendo a ti. ¡Seré famoso!
H1: ¡Seremos famosos!
Ambos: -Muajajajajajaja (Echan la cabeza a la vez hacia atrás quedándose parados y riéndose de nuevo como si fueran psicópatas).
H2: -¡Oh! Por cierto, yo te he dicho mi nombre, pero tú no. ¿Cómo te llamas?
H1: -Mario.
H2: -¡OH! Encantado, ¡yo también!
lunes, 23 de febrero de 2009
Poemas 7
Nuestro parque
La brisa recorre los árboles con su suave susurro
en aquel lejano parque en el que algún día nos encontraremos.
Los pájaros cantan y revolotean de copa en copa,
la rojiza ardilla corretea entre brotes de hierba verde,
mientras la noche sin nubes se cierne sobre el parque.
La lisa superficie del agua del estanque refleja
la luna (con su pálido halo) y la noche oscura
(y las estrellas).
Caminan sobre el viento las hojas secas que,
a la mañana, se cubrirán de rocío.
Quizá te preguntes por qué digo (del parque) nuestro
en vez de uno cualquiera.
Te responderé que lo he visto en sueños,
sueños de verdad, sueños de amor.
He visto este parque nuestro con su brisa y sus árboles,
sus susurros, sus pájaros y su estanque,
su luna (sus estrellas) y su noche.
Todo está ya oscuro y en silencio,
todo espera nuestro encuentro...
y nuestro beso.
Sin título VI
Hay días que me propongo olvidarte,
otros intento no pensar en ti;
busco no sentir nada al verte,
no soñar contigo.
Persigo la risa y acabo llorando siempre,
lágrimas infinitas por no tenerte.
Lloro porque sin ti muerto
y sonrío porque no viviré más.
Cómo duele haberte perdido,
quiero llorar, pero no puedo,
la muerte me arrebata las lágrimas.
El parque quedó frío allá a lo lejos,
ya no están nuestros cuerpos, nuestras caricias,
ni nuestros besos.
Ahora los pájaros se sienten solos
sin nuestro aura y nuestra ternura,
y ya no cantan, melancólicos.
La fuente ya no escupe sino agua negra
y sucia, contaminada por Ellos;
nuestros sueños ya solo son pedacitos
que arrastra el viento.
¿Hierba sobre mí?
¿Volviste, parque lejano y olvidado?
No, espera un momento,
no hay pájaros ni fuente
(ni rincón para nuestros besos).
Entonces, ¿qué es la fría piedra
que está sobre mi cuerpo
y sobre ella hierba y tierra,
mustia y seca?
No, decididamente no es nuestro parque,
nuestro parque era bello aún melancólico.
Entonces...
¿Será polvo de corazón?
¿Mi fantasía?
¿Un amor?
¿Un sueño?
Una única mentira.
Sin título VII
Hoy es un día normal de aquellos en los que añoro el tiempo
de palabras perdidas y cantos olvidados,
entre suaves susurros de la brisa y cálidos rayos de sol,
mientras paseábamos por aquella ciudad, ahora tan lejana.
Hoy mis lágrimas hablan de amor y confusión,
porque te siento a la vez tan cercana (en mi corazón)
y tan lejana (en aquella ciudad perdida).
Quién inventara el espacio y el tiempo.
¿Llegará el día en que volveré a ver tu rostro,
a perderme en tu mirada y a dejarme llevar entre tus brazos?
¿O tan lejano estás, parque nuestro? (Quizá en aquella ciudad perdidad...)
Hoy las hojas caídas de los árboles (no de nuestro parque,
tan hermosas y puras, sino las frías y secas, esas de la calle)
me acompañan en mi amargo vuelo,
ambos somos arrastrados por el viento.
Les pregunto: ¿Qué es el amor?
Ellas no lo saben (no son de nuestro parque).
Sin embargo, el viento trae débiles y apagados susurros
de almas errantes (y felices, de nuestro parque) que algún día se enamoraron:
Amor son pedacitos de sueños
que, guardados en un cajón,
solo esperan no convertirse en polvo.
Sin título VIII
Oscuridad. Un rincón. Un parque. Soledad.
Brisa. Nubes. Árboles. Calles.
Silencio. Melancolía. Tristeza.
Un rincón. Un parque. Oscuro. Solo.
Pasos. Una voz. ¿Conocida? Sí...
Una mirada. La soledad desaparece.
Y la tristeza. Y la melancolía.
Un cuerpo cálido. Fundido en un abrazo.
Se rompió el silencio. No con palabras ruidosas.
Con palabras de amor. De esas de una mirada.
Una sonrisa. De las que no suenan.
Solo se sienten.
Se cumplieron las promesas.
Se sintieron las palabras.
Los labios se acercaron.
Las miradas se perdieron.
Los ojos se cerraron.
El tiempo paró. Un instante eterno.
La brisa no soplaba. No había movimiento.
Ni árboles. Ni hierba. Ni parque.
Solo nuestras palabras (de amor).
Al fin se rozaron los labios. Un beso.
Tan ansiado. Tan apasionado. Vuelve
a pararse el tiempo.
Ahora. Sí. Solo existe nuestro beso.
Los susurros de los labios.
Palabras de amor.
Dos personas. Tan especiales.
Unas palabras. Un beso.
Enamorados.
Una gota de agua
Vive la vida en una gota de agua.
No hay río, ni rocas (ni tampoco agua).
No cantan los pájaros, melancólicos,
a frías tumbas de piedra.
No hay luna en el mar.
Ni resplandor blanquecino.
Ni ácido en las mejillas.
No hay palabras huecas
golpeadas en un tambor.
Ni brillo con luz, ni oscuridad con negro.
No hay nubes verdes, ni calles azules.
Ni llantos, ni lágrimas, ni lluvia.
No hay ojos blancos, ni cabellos grises.
Ni horizonte purpúreo. Ni mariposas locuaces.
No hay cristales, ni cuarto, ni lápices.
Ni amables sonrisas. Ni risas desagradables.
No hay sufrimientos, ni tumbas ni muertes.
Solo hay vida en una gota de agua.
Y, en ella, solo hay un beso.
La brisa recorre los árboles con su suave susurro
en aquel lejano parque en el que algún día nos encontraremos.
Los pájaros cantan y revolotean de copa en copa,
la rojiza ardilla corretea entre brotes de hierba verde,
mientras la noche sin nubes se cierne sobre el parque.
La lisa superficie del agua del estanque refleja
la luna (con su pálido halo) y la noche oscura
(y las estrellas).
Caminan sobre el viento las hojas secas que,
a la mañana, se cubrirán de rocío.
Quizá te preguntes por qué digo (del parque) nuestro
en vez de uno cualquiera.
Te responderé que lo he visto en sueños,
sueños de verdad, sueños de amor.
He visto este parque nuestro con su brisa y sus árboles,
sus susurros, sus pájaros y su estanque,
su luna (sus estrellas) y su noche.
Todo está ya oscuro y en silencio,
todo espera nuestro encuentro...
y nuestro beso.
Sin título VI
Hay días que me propongo olvidarte,
otros intento no pensar en ti;
busco no sentir nada al verte,
no soñar contigo.
Persigo la risa y acabo llorando siempre,
lágrimas infinitas por no tenerte.
Lloro porque sin ti muerto
y sonrío porque no viviré más.
Cómo duele haberte perdido,
quiero llorar, pero no puedo,
la muerte me arrebata las lágrimas.
El parque quedó frío allá a lo lejos,
ya no están nuestros cuerpos, nuestras caricias,
ni nuestros besos.
Ahora los pájaros se sienten solos
sin nuestro aura y nuestra ternura,
y ya no cantan, melancólicos.
La fuente ya no escupe sino agua negra
y sucia, contaminada por Ellos;
nuestros sueños ya solo son pedacitos
que arrastra el viento.
¿Hierba sobre mí?
¿Volviste, parque lejano y olvidado?
No, espera un momento,
no hay pájaros ni fuente
(ni rincón para nuestros besos).
Entonces, ¿qué es la fría piedra
que está sobre mi cuerpo
y sobre ella hierba y tierra,
mustia y seca?
No, decididamente no es nuestro parque,
nuestro parque era bello aún melancólico.
Entonces...
¿Será polvo de corazón?
¿Mi fantasía?
¿Un amor?
¿Un sueño?
Una única mentira.
Sin título VII
Hoy es un día normal de aquellos en los que añoro el tiempo
de palabras perdidas y cantos olvidados,
entre suaves susurros de la brisa y cálidos rayos de sol,
mientras paseábamos por aquella ciudad, ahora tan lejana.
Hoy mis lágrimas hablan de amor y confusión,
porque te siento a la vez tan cercana (en mi corazón)
y tan lejana (en aquella ciudad perdida).
Quién inventara el espacio y el tiempo.
¿Llegará el día en que volveré a ver tu rostro,
a perderme en tu mirada y a dejarme llevar entre tus brazos?
¿O tan lejano estás, parque nuestro? (Quizá en aquella ciudad perdidad...)
Hoy las hojas caídas de los árboles (no de nuestro parque,
tan hermosas y puras, sino las frías y secas, esas de la calle)
me acompañan en mi amargo vuelo,
ambos somos arrastrados por el viento.
Les pregunto: ¿Qué es el amor?
Ellas no lo saben (no son de nuestro parque).
Sin embargo, el viento trae débiles y apagados susurros
de almas errantes (y felices, de nuestro parque) que algún día se enamoraron:
Amor son pedacitos de sueños
que, guardados en un cajón,
solo esperan no convertirse en polvo.
Sin título VIII
Oscuridad. Un rincón. Un parque. Soledad.
Brisa. Nubes. Árboles. Calles.
Silencio. Melancolía. Tristeza.
Un rincón. Un parque. Oscuro. Solo.
Pasos. Una voz. ¿Conocida? Sí...
Una mirada. La soledad desaparece.
Y la tristeza. Y la melancolía.
Un cuerpo cálido. Fundido en un abrazo.
Se rompió el silencio. No con palabras ruidosas.
Con palabras de amor. De esas de una mirada.
Una sonrisa. De las que no suenan.
Solo se sienten.
Se cumplieron las promesas.
Se sintieron las palabras.
Los labios se acercaron.
Las miradas se perdieron.
Los ojos se cerraron.
El tiempo paró. Un instante eterno.
La brisa no soplaba. No había movimiento.
Ni árboles. Ni hierba. Ni parque.
Solo nuestras palabras (de amor).
Al fin se rozaron los labios. Un beso.
Tan ansiado. Tan apasionado. Vuelve
a pararse el tiempo.
Ahora. Sí. Solo existe nuestro beso.
Los susurros de los labios.
Palabras de amor.
Dos personas. Tan especiales.
Unas palabras. Un beso.
Enamorados.
Una gota de agua
Vive la vida en una gota de agua.
No hay río, ni rocas (ni tampoco agua).
No cantan los pájaros, melancólicos,
a frías tumbas de piedra.
No hay luna en el mar.
Ni resplandor blanquecino.
Ni ácido en las mejillas.
No hay palabras huecas
golpeadas en un tambor.
Ni brillo con luz, ni oscuridad con negro.
No hay nubes verdes, ni calles azules.
Ni llantos, ni lágrimas, ni lluvia.
No hay ojos blancos, ni cabellos grises.
Ni horizonte purpúreo. Ni mariposas locuaces.
No hay cristales, ni cuarto, ni lápices.
Ni amables sonrisas. Ni risas desagradables.
No hay sufrimientos, ni tumbas ni muertes.
Solo hay vida en una gota de agua.
Y, en ella, solo hay un beso.
domingo, 22 de febrero de 2009
Poemas 6
Sin título III
Si alguna vez viste al atardecer
el mar consumirse en la arena,
o miraste fijamente
una losa, tan gris, fría en la calle.
Si alguna vez observaste en la noche
la luna (y las estrellas) sobre el tapiz negro,
tan pequeñas...
O miraste un rincón oscuro
en un olvidado parque;
de día esperaste el paso de las nubes,
Polvo que se lleva el viento
y llega a un mar oscuro,
formando virutas de olvidados sueños
sobre esta piedra fría.
Desafíamos a la noche con nuestros besos,
que se vayan la luna y las estrellas,
y el mar oscuro,
y queden solos nuestros cuerpos.
Vuelan nuestras vidas efímeras,
sobre el viento,
y cantan los pájaros su melodía
en los grises parques.
Todo fue oscuro y paró nuestro vuelo,
cayó al suelo con suavidad,
como una pluma, en medio del silencio.
Todos lloraron palabras y callaron lágrimas
ante esta trágica desgracia.
Nadie dijo:
Sólo era amor,
sólo eran sueños,
sólo era mentira.
Sin título V
De mentiras cubren la calle los copos de nieve
y otro día más creen despertar las nubes
en su océano azul y vuelven a soñar.
Otro día más los árboles se agitan,
presas del viento,
y caen sus hojas en la hierba cubierta de rocío
Sus destellos nos ciegan y someten
como el genio y el famoso
a un admirador corriente.
Nos envuelve el frío y el calor,
una manta y una ducha fría
Si alguna vez viste al atardecer
el mar consumirse en la arena,
o miraste fijamente
una losa, tan gris, fría en la calle.
Si alguna vez observaste en la noche
la luna (y las estrellas) sobre el tapiz negro,
tan pequeñas...
O miraste un rincón oscuro
en un olvidado parque;
de día esperaste el paso de las nubes,
monótonas, grises, frías (como las piedras),
sentado en un incómodo banco
o viste secos los brotes y los árboles
en un campo sin flores.
Si alguna vez te invadió la melancolía,
y la tristeza,
y olvidaste tu nombre (y tu voz)
en una mirada (y en una sonrisa)
que no podías ver;
son tuyas estas palabras,
pedacitos de tinta en blancas lonas frías
de tristeza y melancolía.
Sin título IV
Palabras, Historias. Olvido. Recuerdos.
Polvo. Cajones. Rincones. Parques.
Piedras. Cemento. Cementerios.
Palabras. Historias. Olvido. Muertos.
Lluvia. Relámpagos. Tormenta. Cristales.
Llantos. Risas. Saltos. Abrazos.
Sol. Nubes. Cielo. Tierra.
Estrellas. Oscuridad. Luna. Noche.
Vidas. Cantos. Lágrimas. Risas.
Calles. Deseos. Banales. Sueños.
Lluvia. Rincones. Parques.
Besos. Amores. Muertos.
Sólo era mentira
sentado en un incómodo banco
o viste secos los brotes y los árboles
en un campo sin flores.
Si alguna vez te invadió la melancolía,
y la tristeza,
y olvidaste tu nombre (y tu voz)
en una mirada (y en una sonrisa)
que no podías ver;
son tuyas estas palabras,
pedacitos de tinta en blancas lonas frías
de tristeza y melancolía.
Sin título IV
Palabras, Historias. Olvido. Recuerdos.
Polvo. Cajones. Rincones. Parques.
Piedras. Cemento. Cementerios.
Palabras. Historias. Olvido. Muertos.
Lluvia. Relámpagos. Tormenta. Cristales.
Llantos. Risas. Saltos. Abrazos.
Sol. Nubes. Cielo. Tierra.
Estrellas. Oscuridad. Luna. Noche.
Vidas. Cantos. Lágrimas. Risas.
Calles. Deseos. Banales. Sueños.
Lluvia. Rincones. Parques.
Besos. Amores. Muertos.
Sólo era mentira
Polvo que se lleva el viento
y llega a un mar oscuro,
formando virutas de olvidados sueños
sobre esta piedra fría.
Desafíamos a la noche con nuestros besos,
que se vayan la luna y las estrellas,
y el mar oscuro,
y queden solos nuestros cuerpos.
Vuelan nuestras vidas efímeras,
sobre el viento,
y cantan los pájaros su melodía
en los grises parques.
Todo fue oscuro y paró nuestro vuelo,
cayó al suelo con suavidad,
como una pluma, en medio del silencio.
Todos lloraron palabras y callaron lágrimas
ante esta trágica desgracia.
Nadie dijo:
Sólo era amor,
sólo eran sueños,
sólo era mentira.
Sin título V
De mentiras cubren la calle los copos de nieve
y otro día más creen despertar las nubes
en su océano azul y vuelven a soñar.
Otro día más los árboles se agitan,
presas del viento,
y caen sus hojas en la hierba cubierta de rocío
Sus destellos nos ciegan y someten
como el genio y el famoso
a un admirador corriente.
Nos envuelve el frío y el calor,
una manta y una ducha fría
mientras la lluvia moja nuestros cuerpos
desnudos y vacíos.
Nos movemos en un campo de flores,
donde todos los pájaros cantan su armoniosa melodía,
entre los dulces perfumes de la naturaleza,
entre nidos de amores.
La ciudad nos rodea, monótona y ruidosa,
los niños cantan en la calle de alegría,
en tristes rincones con sus juguetes cálidos,
mientras los adultos, demasiado ocupados
en cosas serias, no les prestan atención.
Para qué, son cosas banales,
inocencia y juventud (y sabiduría) demasiado unidas.
Ah, y los sueños,
los pequeños se asustan con ellos (y bien hacen),
los mayores los ven pasar desinteresadamente,
como si de lluvia y coches por la ventana se tratase.
Son ingenuos, creyéndose mejores por maduros,
por llamar sabiduría a la vejez
y a la realidad sueños.
Mas hay personas que conocen la verdadera realidad,
pequeños o grandes: los niños;
un sentimiento, una amistad y un amor
y sueñan con ellos,
estas cosas que se llevó el viento
y los sueños.
desnudos y vacíos.
Nos movemos en un campo de flores,
donde todos los pájaros cantan su armoniosa melodía,
entre los dulces perfumes de la naturaleza,
entre nidos de amores.
La ciudad nos rodea, monótona y ruidosa,
los niños cantan en la calle de alegría,
en tristes rincones con sus juguetes cálidos,
mientras los adultos, demasiado ocupados
en cosas serias, no les prestan atención.
Para qué, son cosas banales,
inocencia y juventud (y sabiduría) demasiado unidas.
Ah, y los sueños,
los pequeños se asustan con ellos (y bien hacen),
los mayores los ven pasar desinteresadamente,
como si de lluvia y coches por la ventana se tratase.
Son ingenuos, creyéndose mejores por maduros,
por llamar sabiduría a la vejez
y a la realidad sueños.
Mas hay personas que conocen la verdadera realidad,
pequeños o grandes: los niños;
un sentimiento, una amistad y un amor
y sueñan con ellos,
estas cosas que se llevó el viento
y los sueños.
Poemas 5
Poesía
Preguntó el pájaro al viento:
¿Qué es poesía?
Una piedra. Un monte, agua, un río
y un vuelo que alguien olvida.
Un corazón que quedó sin amor,
cayendo lágrimas sobre la piedra fría.
O entre terciopelo guardada,
dentro de una cajita.
Cantarle a la vida por ausencia de muerte
y a la muerte por ausencia de vida.
Un horizonte con alas que al alba,
despierta de un sueño y vuela y grita.
Un parque olvidado en la calle,
olas de mar que lamen la orilla.
Entre frágiles lonas blancas,
pedacitos de volátil tinta.
Y un pájaro que al viento pregunta:
¿Qué es poesía?
Una mañana
Son las huellas al pisar
de los caminantes en la fría piedra,
en la calle solitaria,
y hacen eco, una mañana.
Allá donde vayan irá el viento
llevando las hojas caídas,
rozando la fría piedra
y las sonoras huellas,
de otoño una mañana.
Recorrerán la verdura inmensa
del olvidado parque
y olvidarán las alas de algún pájaro
un susurro bajo ellas
y yacerán tranquilos, una mañana.
Lloverá al alba sobre el rocío,
lluvia que regará el verde olvidado
que tragará en su humedad al viento
y hará monótona y fría... una mañana.
Las grises nubes cubrirán el antes
azul cielo y reflejarán el color,
bajo las huellas, de estas calles grises,
con su plumaje triste al viento
apagarán el sol, una mañana.
Mañana volverá a nacer el día,
de entre la noche, con su fría piedra,
bajo las huellas olvidadas;
y las nubes cubrirán en sol
y el silencio... de otra gris mañana.
jueves, 5 de febrero de 2009
El vuelo de un pájaro
Volé entre las copas de los árboles, cambiando alternativamente y sin orden alguno de corriente de aire, simplemente dejándome llevar sin rumbo fijo. Atravesé grandes praderas verdes donde el sol brillaba en un bello espectáculo cada mañana sobre las gotas de rocío en la hierba. También vi altas montañas, con sus blancas cimas nevadas de las que descendían los ríos brindando al aire un suave y agradable murmullo. En algunos lugares este murmullo se hacía más intenso, las aguas cogían velocidad e incluso llegaban a caer desde elevadas pendientes formando hermosas cascadas que brillaban a la luz del ocaso como si de cabellos de oro se tratara. También conocí otros animales, desde pequeños e inocentes hasta grandes y feroces. Los más pequeños me evitaban, creyendo ver en mí un peligro para su vida, mientras que a los más grandes solo los podía observar desde lejos y llevando mucho cuidado en no ser detectado, no me fuera a convertir yo en su próxima presa.
Pasado un tiempo, en el que no podía dejar de regodearme con los bellos y tranquilos paisajes que me rodeaban mientras yo seguía con mi melancólico vuelo sin rumbo, encontré unos nuevos animales. Era una especie rara, pues caminaban sobre dos patas y, aunque solían ir con trapos por encima (cosa que nunca llegué a entender), se podía observar fácilmente que disponían de bastante menos pelo que la mayoría de los animales que se parecían a ellos.
Tarde descubrí, cuando volaba (como siempre, sin rumbo) acompañado de un hermano gorrión disfrutando de una amena charla, que este nuevo tipo de animal era uno de los más agresivos, si no el más, animales que pudieran existir sobre este bello planeta, pues un espécimen relativamente joven, sin motivo alguno (quizá el aburrimiento), mató de una pedrada a mi compañero, mientras que yo huí apenado buscando alejarme del alcance de aquel ser. Cuando me distancié lo suficiente, me propuse averiguar algo más sobre este extraño carácter, en un mundo donde primaba lo bonito, tranquilo y alegre. Fui descubriendo horrorizado la dimensión de su obra, y cada cosa que descubría, me provocaba un dolor interior insoportable que acortaba los días de mi vida y me hacía más y más viejo…
Estos seres (pues no se merecen llamar animales) no se conformaban con disfrutar de los placeres que una vida en paz con el resto brinda, sino que estaban en continua y desigual pele contra el medio en el que vivían y el resto de sus habitantes, no respetaban nada, lo mismo les daba talar el bosque más grande, que montar sus grises viviendas en una verde pradera, que conducir el agua en sus horrendos canales. Grande fue mi sorpresa que al descubrir que hacían lo que ninguna otra especie hacía: matarse mutuamente, y no por supervivencia (que sería más normal), sino por puros intereses de unos u otros, por diversión e incluso creo que en casos por aburrimiento.
Dicen que la Madre Naturaleza es sabia. Yo lo empiezo a dudar, pues, después de dotar al mundo de cosas tan bellas como un cerezo en flor, una cascada brillante o una cima nevada va y crea un horrendo ser (así los llamaré, “Horrendos Seres”) capaz de acabar con todo lo anterior. Me insto a pensar que lo habrá hecho sin conocer el desenlace de su creación, que lo único que buscó es crear un ser más inteligente que los demás que dominara pacíficamente sobre ellos mediante su ingenio y los ayudara a mejorar. Sin embargo, algo debió salir mal, pues demasiado valiente sería quien se atreviera a afirmar sin dudas que esto que he estado observando, tal que matarse entre ellos por razones banales, es inteligencia.
Llegado a esta conclusión, emprendí un rápido vuelo (esta vez sí tenía rumbo) hacia alguno de los pocos lugares bellos y tranquilos que quedan en este planeta antes tan bello. Solo queda disfrutar mientras se pueda de estos hermosos placeres a la vista, antes de que el Horrendo Ser nos prive de ellos.
De un pájaro que vuela, para los demás animales.
Pasado un tiempo, en el que no podía dejar de regodearme con los bellos y tranquilos paisajes que me rodeaban mientras yo seguía con mi melancólico vuelo sin rumbo, encontré unos nuevos animales. Era una especie rara, pues caminaban sobre dos patas y, aunque solían ir con trapos por encima (cosa que nunca llegué a entender), se podía observar fácilmente que disponían de bastante menos pelo que la mayoría de los animales que se parecían a ellos.
Tarde descubrí, cuando volaba (como siempre, sin rumbo) acompañado de un hermano gorrión disfrutando de una amena charla, que este nuevo tipo de animal era uno de los más agresivos, si no el más, animales que pudieran existir sobre este bello planeta, pues un espécimen relativamente joven, sin motivo alguno (quizá el aburrimiento), mató de una pedrada a mi compañero, mientras que yo huí apenado buscando alejarme del alcance de aquel ser. Cuando me distancié lo suficiente, me propuse averiguar algo más sobre este extraño carácter, en un mundo donde primaba lo bonito, tranquilo y alegre. Fui descubriendo horrorizado la dimensión de su obra, y cada cosa que descubría, me provocaba un dolor interior insoportable que acortaba los días de mi vida y me hacía más y más viejo…
Estos seres (pues no se merecen llamar animales) no se conformaban con disfrutar de los placeres que una vida en paz con el resto brinda, sino que estaban en continua y desigual pele contra el medio en el que vivían y el resto de sus habitantes, no respetaban nada, lo mismo les daba talar el bosque más grande, que montar sus grises viviendas en una verde pradera, que conducir el agua en sus horrendos canales. Grande fue mi sorpresa que al descubrir que hacían lo que ninguna otra especie hacía: matarse mutuamente, y no por supervivencia (que sería más normal), sino por puros intereses de unos u otros, por diversión e incluso creo que en casos por aburrimiento.
Dicen que la Madre Naturaleza es sabia. Yo lo empiezo a dudar, pues, después de dotar al mundo de cosas tan bellas como un cerezo en flor, una cascada brillante o una cima nevada va y crea un horrendo ser (así los llamaré, “Horrendos Seres”) capaz de acabar con todo lo anterior. Me insto a pensar que lo habrá hecho sin conocer el desenlace de su creación, que lo único que buscó es crear un ser más inteligente que los demás que dominara pacíficamente sobre ellos mediante su ingenio y los ayudara a mejorar. Sin embargo, algo debió salir mal, pues demasiado valiente sería quien se atreviera a afirmar sin dudas que esto que he estado observando, tal que matarse entre ellos por razones banales, es inteligencia.
Llegado a esta conclusión, emprendí un rápido vuelo (esta vez sí tenía rumbo) hacia alguno de los pocos lugares bellos y tranquilos que quedan en este planeta antes tan bello. Solo queda disfrutar mientras se pueda de estos hermosos placeres a la vista, antes de que el Horrendo Ser nos prive de ellos.
De un pájaro que vuela, para los demás animales.
lunes, 2 de febrero de 2009
El Jardín Silencioso
Hace ya tiempo que están secas las briznas de hierba, formando una alfombra rígida y oscura, que se mece incluso aunque ni la más leve brisa sople y sin que haya ni un solo movimiento. Se elevan sobre esta alfombra abundantes flores marchitas que dejaron sus vivos o suaves pero bellos colores abandonados en algún rincón en tiempos inmemoriales. Memoria… ¿qué significa eso donde los únicos recuerdos son recuerdos olvidados, donde los sentimientos vagan vacíos y los pensamientos no dicen nada? Precisamente eso, nada. Aquí todo es algo y nada a un mismo tiempo: los cuerpos, las acciones, las marcas que dejaron aún siguen, mas lo más bello y oculto, lo que no puede sentirse con los sentidos, eso expiró hace tiempo. Dicen que en este… lo podríamos denominar jardín, no existe el amor. Porque… ¿qué es el amor con recuerdos, sentimientos y pensamientos, pero todos ellos vacíos y olvidados? ¿Se puede decir “te amo” o “amo a alguien o a algo” si no recuerdas, no sientes y no piensas que amas? Es más, ¿se puede decir algo si no puedes recordar, sentir o pensar cómo decirlo? Sinceramente, no lo creo.
Pero nada puede ser perfecto, ni siquiera el olvido. En el esfuerzo de dejar todo lo hermoso a un lado, se dejaron una cosa: el silencio. Así que ahora y aquí, tras lejanas y olvidadas reflexiones, proclamo sin voz en el silencio que este mismo es lo más bello y único que existe, en el silencio puede haber infinitos pensamientos y puede no haber ninguno, puede haber cosas bellas que nunca llegaron a ser dichas, puede haber recuerdos no olvidados que jamás fueron contados, pueden haber muchos amores (o uno solo que valga más que todos ellos) y que no lleguen nunca a ser expresados; pueden pasar tantas cosas sin llegar a ser contadas que hasta puede llegar a no pasar nada… La naturaleza es sabia y, como yo, sabe que el silencio es el bien más precioso que existe, por eso lo ha hecho indestructible, pues se puede romper en pequeños y efímeros fragmentos de tiempo, mas no por siempre.
Pero nada puede ser perfecto, ni siquiera el olvido. En el esfuerzo de dejar todo lo hermoso a un lado, se dejaron una cosa: el silencio. Así que ahora y aquí, tras lejanas y olvidadas reflexiones, proclamo sin voz en el silencio que este mismo es lo más bello y único que existe, en el silencio puede haber infinitos pensamientos y puede no haber ninguno, puede haber cosas bellas que nunca llegaron a ser dichas, puede haber recuerdos no olvidados que jamás fueron contados, pueden haber muchos amores (o uno solo que valga más que todos ellos) y que no lleguen nunca a ser expresados; pueden pasar tantas cosas sin llegar a ser contadas que hasta puede llegar a no pasar nada… La naturaleza es sabia y, como yo, sabe que el silencio es el bien más precioso que existe, por eso lo ha hecho indestructible, pues se puede romper en pequeños y efímeros fragmentos de tiempo, mas no por siempre.
jueves, 15 de enero de 2009
Poema: "Si pudiera"
Si pudiera llorar lágrimas
capaces de a un desierto alimentar
y arrancar del cielo las estrellas,
dejando un oscuro velo.
Si con cada sufrimiento pudiera
estallar en carcajadas
y saber que no hubiera nacido
si el mundo fuera perfecto.
Si pudiera rajarse mi piel
por cada fragmento de corazón roto,
¿quién podría curarme,
si no tendría cuerpo?
Si mi alma pudiera hacerse ver
en cada rincón oscuro,
¿cómo la vería,
negro sobre negro?
Si pudiera volver a nacer
para disfrutar de una dulce muerte
entre las olas del mar
y sin el corazón sangrante y abierto.
Si en un sueño pudiera
volver a verte y a tocarte
una luz en tu mirada
y unos rizos en tu pelo.
Si pudiera… si pudiera todo eso…
si pudiera, sería feliz,
pues entonces y sólo entonces,
expresaría lo que siento.
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Consulta de Jorge
En principio, y de hay viene la url de la página, este blog se llamaba "La Consulta de Jorge", en honor al gran libro de Jorge Bucay "Déjame que te cuente". Además, un personaje que casualmente llevaba mi mismo nombre introducía los textos que escribía. Como esto último ya no es así, he decidido cambiar el nombre a "Sueño del Poeta".